No debe ser una palabra que se use con frecuencia en la Audiencia Nacional, y menos en boca de un terrorista confeso que dirige al mundo en general su último alegato antes de cumplir condena. Sin embargo, el amor compareció como testigo, como si las fechorías de los ya condenados fuesen una versión explosiva de Love Story. El caso es que uno de ellos proclamó que el amor por Galicia había sido su móvil. Su delito era haberse enamorado de un país. Un amor de perdiçao como el de Castelo Branco. Los jueces no le hicieron al Romeo de las bombas la pertinente pregunta de si ese amor había sido correspondido, o si la nación amada rechazó insistentemente el acoso del galán.
Es verdad que entre los muchos pretendientes que ha tenido la patria gallega está el terrorismo de signo independentista. Ha sido un Tenorio tenaz que se disfrazó con diferentes siglas y siempre estuvo bajo el influjo de ETA. Los etarras quisieron primero instalar aquí su franquicia con una UPG que estaba lejos de sonreír como ahora, para más tarde, desde la lejanía, ser la inspiración constante de los aprendices gallegos que no dejaban de mirar hacia la Meca vasca del terrorismo. Su retórica, su vocabulario, sus justificaciones son un calco de los manuales etarras que choca una y otra vez con la mentalidad gallega.
Ese rechazo explica la segunda parte de la proclama del terrorista. Además de explicar que Eros inspira su adhesión a la violencia, concluye que Galicia es «un país en extinción». Es la típica reacción de quien se obsesiona con un ligue y no logra su objetivo. Todas las virtudes de la amada se transforman en defectos. Ya no es dulce, simpática ni atractiva, sino que se descubren o inventan imperfecciones que permiten concluir que su amor, a fin de cuentas, no valía la pena. A Galicia le está bien empleado por no haber claudicado ante los violentos. En vez de caer seducida por ellos les es infiel con la democracia, la muy desagradecida.
En el fondo existe una estrecha concomitancia entre el terrorismo pretendidamente político y el machismo criminal. Ambos consideran que el objeto de su amor, sea una nación o una mujer, son de su propiedad de tal forma que tienen derecho a subyugarla, maltratarla y, llegado el caso, a matarla. La maté porque era mía. Por ello no es contradictorio que los objetivos de los terroristas enamorados sean gallegos. Lo que ellos aman es una Galicia abstracta; la que odian está compuesta por gallegos concretos que se expresan libremente y deciden no parecerse a ese pueblo infame que describe Patria, donde Caín y Abel repiten en sesión continua el fratricidio. Ahora un aprendiz de Caín utiliza la coartada de un amor armado para justificarse. Enamorada de su libertad, Galicia lo rechazó a sabiendas de que hay amores que matan.
Los caciques son ellos
Que Feijoo denuncie la «cacicada» en la asignación de fondos europeos tiene un valor que va más allá de lo económico. Por primera vez un gallego del centro-derecha acusa de cacique a un madrileño de izquierda, residente en la Moncloa para más señas. Hasta ahora solía ser al revés. Aunque la Real Academia, no sabemos si gracias a los oficios de Darío Villanueva, desgalleguiza la cuestión al decir que cacique es «el gobernante o jefe de una comunidad o pueblo de indios», y a pesar de que el Aureliano Buendía de Cien años de soledad ejerce en Macondo, lo cierto es que el caciquismo por antonomasia era gallego y de derechas. Si alguien de otra procedencia e ideología hacía lo mismo, a lo suyo se le llamaba liderazgo. El tópico se ha ido diluyendo pero no está de más que el máximo representante de la raza que ha tenido que soportar el sambenito, recuerde que existen cacicadas de izquierdas cometidas por quienes no son gallegos. En cuanto a la RAE, ya puede ir pensando en purgar la referencia a los indios por si acaso les ofende.
¡Ucrania ceibe!
¿Dónde estaban las pancartas? ¿Dónde los manifestantes? ¿Dónde las consignas clásicas? El Blas de Lezo zarpó del Arsenal de Ferrol sin el acompañamiento que sería congruente con su misión. El nacionalismo estuvo ausente a pesar de que la fragata estrella de la Armada acude a defender la autodeterminación de una nación amenazada por el imperialismo. En buena lógica tendrían que haberse oído gritos de «¡Ucrania ceibe!», en medio de un mar de pancartas de rechazo a la posible invasión. Si el 155 fue un pecado contra el derecho a decidir, más lo será el ataque militar contra una nación soberana. Pudiera ser que para este nacionalismo haya imperialismos buenos y naciones que merecen ser aplastadas. En otros tiempos hubieran aprobado la anexión nazi de los Sudetes checos, donde se hablaba alemán como ocurre con el gallego en el occidente astur. Menos mal que Galicia no tiene frontera con el nuevo zarismo. El de Putin, no el de Ortega. Tal circunstancia hubiera puesto en aprietos a nuestros más conspicuos patriotas.