La precariedad de los pisos de estudiantes llena las bibliotecas universitarias: «Nunca tiven unha habitación cun escritorio decente»

GALICIA

Ruidos, frío o humedades obligan a acudir a centros de estudio. «Dende hai un par de anos as fins de semana as bibliotecas colapsan», dicen los usuarios, que aseguran que detrás de las colas para entrar en las aulas de estudio están la crisis de la vivienda y los horarios deficitarios de los centros
01 feb 2025 . Actualizado a las 15:53 h.Más estudiantes que sillas. Eso se encuentran muchos universitarios gallegos cuando llegan a alguna biblioteca durante la temporada de exámenes. Como si del mejor de los conciertos se tratase, se formaron en la entrada colas sin precedentes. Pero, ¿qué hay detrás de esta tendencia en las aulas de estudio? Más allá de aquellos que la eligen porque en ellas les resulta más sencillo concentrarse, usuarios habituales apuntan que esta masificación está directamente relacionada con otras motivaciones, entre las que figuran la crisis de la vivienda.
Por un lado, sigue el típico «me concentro mejor». Porque el alumnado siempre se ha dividido en dos grupos: el que se estudia mejor en casa y al que les resulta más fácil en la biblioteca. Esto último es lo que le sucede, por ejemplo, a Paloma Solla, pontevedresa que cursa tercero del doble grado en Educación Infantil y Primaria en la Universidade de Santiago (USC): «Consigo estudiar mejor y durante más tiempo. Además, cuando llego a mi casa puedo desconectar y diferencio el espacio de la biblioteca para estudiar», explica. Algo parecido le ocurre a Miguel Romero, de Sigüeiro, que estudia en la USC un máster para ser profesor de formación profesional: «En mi casa hago más descansos y son el triple de largos», alega.
Otra razón clásica es la de arañar unos minutos de vida social en esas semanas en las que se ve más flexo que luz solar. «La mayoría de gente va acompañada, con sus grupos de amigos o con compañeros de clase. Así aprovechas y también les ves en épocas de exámenes. Este aspecto influye mucho», dice Covadonga García, coruñesa que estudia el segundo curso el grado en Filosofía en la USC. De hecho, algunos van más allá y ven en este incremento el reflejo de un nuevo paradigma: «Yo lo relaciono con un cambio generacional y el nivel de concentración de las nuevas generaciones. Creo que tenemos menos capacidad de autogestión para ponernos a estudiar por nuestra cuenta en casa», expone Xoel Cambeiro, que estudia tercero de Filosofía en la USC.

Pero, más allá de estos dos clásicos, la elevada demanda esconde otras razones. Y una tiene mucho que ver con la precariedad de los pisos de estudiantes, lo que dificulta preparar los exámenes en casa. Es lo que le sucede a Daniel Balsa, físico coruñés que estudia ahora en Santiago el máster de formación del profesorado: «Cada vez vívese en pisos máis precarios e con malas condicións para o estudio».
Él mismo lo vive en carne propia. Comparte piso con su hermano y cuenta que muchas veces estudiar en su vivienda es como una carrera de obstáculos: «Nunca vivín un piso que tivese un escritorio decente», lamenta. «Ademais, —continúa— decidimos non contratar wifi na casa porque os dous imos á biblioteca». «Se agradece mucho estudiar en un lugar en el que hay calefacción, luz,..», ironiza Paloma Solla. El resumen lo hace Covadonga García: «Hay muchos pisos que no tienen mesas de estudio, otros muchos que están llenos de humedades, en otros hace mucho frío, en otros no hay apenas luz,...», ejemplifica esta estudiante.

Otro de los motivos que los universitarios detectan detrás de esta masificación es la escasa oferta de aulas de estudio abiertas en ciertos momentos del período de exámenes. La mayoría de las bibliotecas amplían su horario durante esas semanas, pero son pocas las que abren los sábados y los domingos. «Dende hai un par de anos as fins de semana as bibliotecas colapsan. As colas fórmanse sobre todo neses días e débese a que pechan a gran maioría na USC», explica Daniel Balsa. Efectivamente, en Santiago, por ejemplo, solo tres abren durante el fin de semana a lo largo de ese período extraordinario: las emplazadas en las facultades de Dereito y de Económicas y la Concepción Arenal, conocida popularmente como «la Conchi».
Y es que es precisamente en la Concepción Arenal donde se concentran la mayoría de problemas. «En Santiago hay muy pocas que abran en el horario de la Conchi, que es la biblioteca por excelencia y donde más gente se concentra», explica Miguel Romero, que evita frecuentarla precisamente para huir de las aglomeraciones. Una estrategia que también emplea Paloma Solla: «A la Conchi ni siquiera me planteo ir, porque sé que voy a perder media hora andando para llegar y que no haya sitio», lamenta.
A los que no renuncian a ir a la biblioteca los fines de semana, no les queda otra que madrugar para intentar llegar los primeros: «Téñome levantado cedo os sábados e os domingo para ir a facer cola á porta», relata Daniel Balsa. Y esto, en época de exámenes, se extiende más allá de los muros de la Concepción Arenal: «Depende de la biblioteca, por ejemplo a la de la Cidade da Cultura he tenido que ir incluso antes de que abriese para coger un buen sitio», cuenta Paloma.
La polémica de «guardar los sitios»
Uno de los problemas más habituales causados a raíz del aumento de la afluencia en las bibliotecas es el de aquellos que «guardan el sitio», es decir, que colocan apuntes en sillas vacías contiguas a las suyas para que nadie los ocupe y sigan libres cuando lleguen sus acompañantes.
En muchas ocasiones, esas reservas se prolongan durante horas, algo que enfada a los usuarios. «Non ten sentido que veña alguen e garde oito sitios para que esas persoas non teñan que facer o esforzo de madrugar nin facer cola», reclama Daniel Balsa. Él mismo se niega a contribuir al aumento de esta práctica: «Eu aviso aos meus amigos de que non gardo os sitios», asegura.
Miguel Romero, sin embargo, si que reconoce que guarda sitio a sus amigos «puntualmente», aunque dice que lo hace durante poco tiempo: «Caso distinto es dejarlo muchas horas y que nadie aparezca. Eso sí que me parece mal, porque estás impidiendo que otras personas que sí están allí usen esa plaza», reflexiona. Sin embargo, los estudiantes también creen que esto evidencia todavía más una carencia: «Veo mucha avaricia, pero entiendo que esto refleja que existe una necesidad grande por parte del estudiante de que los meses de exámenes finales se abran las bibliotecas de las facultades durante más horas o incluso se podría valorar que abriesen los fines de semana», defiende Covadonga García.
En este campo, hay anécdotas para todos los gustos. Miguel Romero cuenta que ha visto hasta enfrentamientos: «En la Cochi hay gente que se enfada, saca de un sitio los apuntes de otra persona y hay hasta pequeñas discusiones», dice. Daniel Balsa cuenta que ya no le sorprende encontrarse «todos os sitios gardados con apuntes enriba da mesa», pero lo de ver a gente paseando con apuntes acechando al primer sitio libre ya le parece excesivo: «Estaban cos papeis na man buscando un oco para gardar sitio aos compañeiros que viñan máis tarde», relata.