Vivienda, fogar o lar, pero (con)fianza
GALICIA

Más allá de lo que nos evoque la palabra familia, en especial la propia, los recuerdos más o menos felices que la mente nos trae en su mayoría se desarrollan en un mismo espacio, la casa donde nacimos o vivimos nuestra infancia y juventud, rodeados de personas que hicieron en gran parte que seamos lo que somos, para bien y para mal. Esa casa es mucho más que un espacio entre paredes, es un hogar, el lar gallego.
Formar vínculos, tejer redes y dar vida a proyectos vitales exige un hogar. La manida estabilidad a la que las encuestas aluden como condición para tener hijos o emprender pasa sin duda por un hogar. Pero acceder a una vivienda que convertir en hogar es un problema generalizado para el que se dan escasas soluciones. Algunas ineficaces o contraproducentes y otras de insuficiente impacto.
Una de estas medidas es el de la fianza o aval público para la adquisición de vivienda, hasta el 20 % del precio que el préstamo hipotecario no cubre. Esta es la senda seguida por la Xunta de Galicia, que acaba de ampliar la línea de ayudas públicas para la compra de vivienda, eliminando el límite de edad para compradores de vivienda de protección pública. Pero mantener el de 36 años para vivienda no protegida casa mal con la realidad y deja a muchas personas fuera, en un escenario de escasa vivienda de protección.
Sin negar la bondad de la medida, seamos más exigentes. Mantener el límite del precio en 260.000 euros en ciudades como A Coruña, Vigo o Santiago no es realista. Adquirir una primera vivienda que supere este precio no es un lujo, es una necesidad. Endeudarse cuando el ahorro no es posible nunca es un lujo y debe contar con la confianza pública para hacerlo viable. Se requiere incrementar la vivienda disponible y adecuar los criterios de acceso a las ayudas a la realidad económica de un enorme segmento poblacional que no puede formar un hogar. No podemos permitirnos seguir precarizando a la generación de la que depende el futuro.
No pedimos que alcancen la grandeza de los dioses aquellos a quienes elegimos para cumplir el mandato constitucional de promover las condiciones necesarias para hacer efectivo el derecho a disfrutar de una vivienda digna. No pedimos que sean la reencarnación de los lares romanos, dioses que tenían encomendada la protección de la domus, el hogar familiar. Pero sí se requiere altura de miras y de un horizonte más allá de tiempos electorales.
Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera. El brillante inicio de la obra maestra de Tolstói, permítaseme el atrevimiento, se podría hoy reescribir porque todas las familias con hogar se parecen y cada familia sin él, sufre a su manera.