De curva en curva entre Transilvania y el Danubio

Brais Suárez
Brais Suárez BUCAREST

INTERNACIONAL

Brais Suárez

De icono militar de Ceaucescu la carretera Transfagarasan pasó a referente de la publicidad automovilística y curiosidad para viajeros

13 mar 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Aunque la mayoría de las carreteras se usen para ir de un punto a otro, la Transfagarasan es, al contrario, un destino en sí mismo, que muchos buscan y no encuentran. Incluso cuando el trayecto más rápido entre dos lugares es esta calzada, cualquier navegador tratará de evitarla, dada su peligrosidad. Lo mismo ocurre al comprobar los mapas o al preguntar a los conductores locales por la DN7C: enrevesada, cuarteada y ya sin señalización, permanece en el centro de Rumanía como una cicatriz física y de la memoria que todos tratan de esquivar. Solo ahora surgen las primeras iniciativas para restaurarla y conseguir abrirla más de cuatro meses al año, cuando queda a salvo de heladas y aludes, pero el proyecto va para largo.

Rumanía es un país masacrado por los tópicos. Un lugar poliédrico, para cada una de cuyas esquinas existe un estereotipo que mezcla el desconocimiento con la imaginación. Lo fascinante se da cuando esos tópicos se transforman en una realidad compleja y cobran una dimensión humana y paisajística, cuando demuestran convivir para trazar uno de los países más apasionantes de Europa. Basta con visitar Sibiu, el centro económico de la región de Transilvania. Aún en las estribaciones de los Cárpatos, su casco histórico de cuento aparece, igual que sus gemelas Sighisoara o Brasov, entre ariscas montañas y castillos, desde donde millones de dráculas amenazan en forma de suvenir. El paisaje es salvaje; la población, silenciosa y multicultural; la música, omnipresente. A menos de 150 kilómetros hacia el sur, aparece Pitesti, una urbe cuyos bloques de viviendas y avenidas cuadriculadas anticipan la aridez de la Gran Llanura rumana hasta el Danubio.

En su punto de unión se encuentra lo más interesante: los picos Moldoveanu y Negoiu encumbran los montes Fagaras, cuyos más de dos mil metros de altura fueron históricamente infranqueables. Motivado por la llegada de los tanques soviéticos a Praga en 1968, el dictador Nicolae Ceaucescu decidió construir en 1970 un acceso militar rápido para hacer frente a una posible invasión soviética. Esta obra para atravesar el paso montañoso duró más de cuatro años, en la que, según cifras oficiales, murieron al menos 40 soldados utilizados como mano de obra. La carretera fue un proyecto faraónico a la altura del Parlamento de Bucarest (el más grande del mundo) e, igual que en el edificio, la grandiosidad se funde ahora con el abandono.

Apenas hay vegetación

Nada más tomar el desvío hacia la Transfagarasan, el asfalto se bachea, empieza a contorsionarse y enfoca hacia temibles y pedregosos picos. Sin apenas vegetación a causa de la altitud, su trazado se exhibe como un reto. Pone tan de relieve la fuerza de voluntad del ser humano (o la megalomanía de Ceaucescu) como lo intratable de la naturaleza. El equilibrio entre ambas es tan delicado que no son pocos los puntos con desprendimientos. La calzada, de dos carriles, no da lugar a errores, pero sí a algunos miradores. Allí se amontonan los pocos turistas que desafiaron las recomendaciones de seguridad. En el punto más alto, observan la cascada de Balea, de 60 metros de altura, junto al lago homónimo y el primer hotel de hielo de Europa Oriental. Estos atractivos la convirtieron en una de las carreteras más icónicas del programa automovilístico Top Gear.

Llegar a la cima da la satisfacción de un esfuerzo físico, de culminación de un cuento. Atrás queda la mitológica Transilvania y, al emprender la bajada, el paisaje cambia para devolver al viajero a la realidad. Le ayudan las frases de Mircea Cartarescu, el escritor cuyas novelas tan bien transmiten lo fantasioso de este país: «Hay un lugar en el mundo donde lo imposible es posible, se trata de la ficción, es decir, la literatura». En Rumanía, como en su prosa, todo parece realizable, todas las reglas básicas son modificables para encajar las ilusiones en lo real.