
Dos llamadas de teléfono. Ni Miguel Gila en sus mejores tiempos. Donald Trump podría haber terminado ayer con un conflicto que desangra el corazón de Europa tras hablar con Putin y Zelenski. Una guerra por la que ya hemos enterrado a cientos de miles de ucranianos y de rusos, de soldados y de civiles. Es normal que el presidente de Estados Unidos reclame para él el premio Nobel de la paz si estas negociaciones para un acuerdo tienen final feliz. Está por ver. De momento, la primera llamada de teléfono fue sencilla. Donald habló con su amigo Putin y él le dijo que estaba dispuesto a frenar las hostilidades. La segunda llamada de Donald Trump fue aún más simple. Se trataba de decirle a Zelenski lo que ya le había adelantado él y sus altos cargos: el dinero y las armas para que puedas mantener la defensa de tu pueblo y tu territorio se ha terminado. Con esa espada sobre su cuello, se entiende la rápida respuesta de Zelenski que corrió como la pólvora por los gobiernos y las redacciones de todo el mundo. El presidente de Ucrania respondió un muy norteamericano: «Hagámoslo».
Habrá que esperar a la letra pequeña para ver si Zelenski cede de verdad todos los territorios que ha perdido. Mucho margen no tiene. Sin el apoyo que le brindaba la Administración Biden, solo tiene el respaldo de Europa. Y europeos como somos sabemos por desgracia muy bien en qué consiste el respaldo de la Unión Europea: reuniones y más reuniones, buenas palabras y más buenas palabras, pero ningún país, ni Francia, ni Alemania, ni España, por mucho que quiera Sánchez, se va a mojar en dinero y armas que puedan suplir la ayuda de Estados Unidos. No hay pues dos contrincantes en el nuevo escenario y Donald Trump lo sabía desde que ganó. Él es en realidad quien da la orden de retirar a uno de los dos enemigos.
Así es como se arroga un futuro premio Nobel de la paz. Pensarán que es una exageración. Pero ¿quién lo sabe? En el 2009 lo ganó Obama, cuando solo llevaba ocho meses en el poder. Y el galardón fue por algo tan etéreo como lo siguiente: «Por fortalecer la diplomacia y la cooperación entre los pueblos». Puro pensamiento woke, lo que Trump quiere desterrar del mundo. Ya hubo otro Nobel por una presunta paz. Fue en el 94 por los acuerdos de Oslo. En esa ocasión era Clinton el árbitro norteamericano. Lo firmaron Palestina e Israel, o habría que precisar mejor: Arafat y Rabin. Arafat terminó muerto y desacreditado. Y a Rabin aún le fue peor. Acabó asesinado por un extremista de los suyos el 4 de noviembre de 1995. ¿Qué será de esta paz que comienza hoy? Esperemos que lo mejor. Incluso para los que no pueden ver a Donald.