La mayor revisión científica sobre los riesgos de comer ultraprocesados: «Si no se regulan, vamos a ser como Estados Unidos»

Laura Inés Miyara
Laura Miyara LA VOZ DE LA SALUD

VIDA SALUDABLE

Imagen de archivo de un supermercado
Imagen de archivo de un supermercado PACO RODRÍGUEZ

Una serie de tres artículos publicados en The Lancet y realizados con participación española destaca la asociación de este grupo de alimentos «con muchas enfermedades no transmisibles»

21 nov 2025 . Actualizado a las 09:41 h.

Los alimentos ultraprocesados han estado cada vez más en la mira de los médicos y las autoridades sanitarias. La evidencia en contra del consumo de este tipo de productos se acumula mientras que, del otro lado de la balanza, poco se puede decir acerca de sus beneficios. Sin embargo, en todo el mundo, los ultraprocesados constituyen una proporción creciente de la dieta de las personas y España no es la excepción.

Entre el año 1990 y el 2010, el consumo de estos productos se ha triplicado en nuestro país, un panorama al que ha contribuido el aumento de precios de los alimentos frescos, que han quintuplicado su coste para el comprador. Ahora, una revisión publicada en la prestigiosa revista The Lancet y elaborada con participación española vuelve a poner el foco sobre la calidad de lo que comemos, alertando, además, de que este consumo se ha asociado a un aumento del riesgo de sufrir diversas enfermedades crónicas.

Que hay detrás del asedio de los procesados

La expansión de los alimentos ultraprocesados —productos industriales formulados a partir de ingredientes refinados y aditivos— ha alcanzado una escala global sin precedentes. Una serie de tres artículos publicados en The Lancet, que revisan la evidencia científica acumulada durante la última década, ha hallado que estos productos están desplazando de manera masiva a los alimentos frescos y contribuyendo al deterioro de la salud de la población mundial. La conclusión de los trabajos, elaborados por decenas de expertos internacionales, entre ellos, científicos españoles, es que solo una respuesta regulatoria global coordinada podrá frenar lo que ya definen como una amenaza sistémica.

Los resultados de la revisión son contundentes. Según los expertos, el consumo creciente de ultraprocesados se asocia a un riesgo mayor de múltiples enfermedades crónicas, ya que deriva en una peor de la calidad nutricional de la dieta. Esther López-García, profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid y presidenta del Observatorio de la Nutrición y de Estudio de la Obesidad (NAOS), resume así la relevancia del trabajo, en declaraciones al medio Science Media Centre (SMC): «Son tres artículos excelentes, que ponen de manifiesto el papel que han tenido los alimentos ultraprocesados empeorando la dieta de la población a nivel mundial por el desplazamiento de los alimentos frescos».

La experta subraya además que estos productos no solo son pobres nutricionalmente, sino que «consiguen que las dietas sean de peor calidad nutricional, con alto contenido en azúcares, grasas no saludables y bajo contenido en fibra y proteínas, y también que la población se exponga a químicos y aditivos perjudiciales».

Los artículos no se limitan a analizar la evidencia epidemiológica, sino que revisan, además, las políticas de salud pública y los determinantes comerciales que han permitido la expansión de estos productos. López-García destaca en este sentido que «la industria alimentaria es la principal responsable del consumo masivo de ultraprocesados y que su producción debe ser regulada», una postura que coincide con el editorial que acompaña la serie, en el que 43 expertos internacionales denuncian que la situación actual está «impulsada por el afán de lucro empresarial, no por la nutrición ni la sostenibilidad».

«Para España el impacto es el mismo que para la mayoría de los países occidentales y el resto del mundo, puesto que este tipo de alimentos se relacionan con multitud de enfermedades y patologías asociadas con el metabolismo. Y lo que se puede hacer es exigir responsabilidad a los productores de este tipo de alimentos, a las grandes corporaciones, y después, exigir también responsabilidad a las administraciones públicas que tienen que velar por la seguridad y la salud de los consumidores», sostiene el investigador Javier Sánchez Perona, experto en ultraprocesados y científico titular del CSIC.

Los ultraprocesados han colonizado las estanterías de los supermercados en cuestión de décadas debido no solo a su practicidad y facilidad de acceso, sino gracias a campañas agresivas de márketing y a unas formulaciones hiperpalatables, cargadas de azúcar, sal y grasas saturadas, que les han permitido hacerse un hueco cada vez más grande en las dietas de los españoles.

Pero no se trata únicamente de elegir. Si los consumidores han optado cada vez más por consumir este grupo de alimentos ha sido, al menos en parte, por motivos económicos. La cesta de la compra es hoy cerca de un 40 % más cara que hace apenas cinco años y si se busca que contenga mayormente alimentos frescos, como frutas, verduras o carnes no procesadas, el precio sube.

Los productos frescos registraron en julio de este año una subida del 7,2 % con respecto al mismo mes del 2024, lo que supone una de las tasas interanuales más altas de toda la Unión Europea. Al mismo tiempo, los ultraprocesados se encarecieron en menor medida: subieron en conjunto un 1,3 %, cinco veces menos que los alimentos con nivel de procesamiento mínimo. Si analizamos las tendencias del último lustro, estos productos han subido un 33,7 %, mientras que los frescos han registrado un aumento del 43,2 %.

Con estos datos, no sorprende que los patrones se hayan modificado, pasando de la dieta mediterránea a lo que algunos expertos denominan una «dieta occidental», caracterizada por un exceso de grasas saturadas, azúcares y harinas refinadas. Esta alimentación ha contribuido a un panorama de mayor incidencia de enfermedades crónicas. Si en el año 1990 un 7 % de la población española padecía diabetes, hoy esta cifra se ha duplicado y nos encontramos con casi un 15 % de pacientes que la sufren. La obesidad también ha crecido en las últimas décadas, alcanzando actualmente a un 15,2 % de la población. El cáncer colorrectal, una de las patologías que en estudios recientes han sido vinculadas a los ultraprocesados, no solo aumenta sino que, según algunas investigaciones, aparece a edades más tempranas que antes.

El estudio

Los artículos recopilan 104 estudios publicados entre el 2016 y el 2024. Los datos son claros: los ultraprocesados se asocian a mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, depresión y mortalidad por todas las causas, entre otros 12 resultados adversos. Su consumo produce además «inflamación, disglucemia, disbiosis de la microbiota y disfunción hepática». Así lo afirman los autores, entre los que figuran las investigadoras españolas Maira Bes-Rastrollo, del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra y del Ciberobn, y Renata Bertazzi Levy, del Instituto de Investigación Biomédica de la Universidad de Salamanca (Ibsal).

Si bien casi todas las evidencias proceden de estudios observacionales, la revisión de The Lancet no resta validez a estos datos. La publicación asegura que la ingesta de este tipo de productos se asocia a «resultados adversos en casi todos los sistemas orgánicos». En este sentido, López-García defiende que «los estudios realizados hasta ahora ya son suficientes para poner en marcha medidas que protejan a la población».

La evidencia que respalda estas preocupaciones es amplia. La publicación compara datos de 36 países que muestran cómo estos productos han colonizado la dieta global a lo largo de las últimas tres décadas. La proporción de calorías diarias que proceden de este grupo de alimentos supera el 60 % en Estados Unidos y ronda el 30 % en países mediterráneos como España.

El estudio detalla que estos productos están «elaborados con ingredientes baratos, combinados con aditivos y que en su mayoría contienen poco o ningún alimento integral». El mayor problema radica en que desplazan a las comidas tradicionales y al consumo de alimentos frescos de proximidad, causando «desequilibrios nutricionales» y resultando en una «mayor ingesta de compuestos tóxicos y disruptores endocrinos». Los investigadores vinculan estos cambios en los patrones dietéticos con el aumento «de la carga mundial de múltiples enfermedades crónicas relacionadas con la dieta».

Limitaciones

Varios investigadores consultados por Science Media Centre coinciden en la necesidad de fortalecer la evidencia causal contra estos alimentos. Jules Griffin, director del Rowett Institute de la Universidad de Aberdeen, observa que «el metaanálisis muestra que algunas de las principales enfermedades crónicas que afectan la vida moderna están asociadas con un mayor consumo de alimentos ultraprocesados», pero advierte de que «la asociación no implica causalidad» y aboga por la realización de más ensayos controlados aleatorizados.

Uno de los grandes problemas a la hora de realizar estudios epidemiológicos sobre los alimentos es la dificultad de contabilizar correctamente todo lo que comen los participantes a lo largo del tiempo. Esto complica las posibilidades de llegar a conclusiones certeras sobre ciertos alimentos o grupos de alimentos y sobre sus efectos a lo largo del tiempo. Gunter Kuhnle, catedrático de la Universidad de Reading, observa que estimar la ingesta real de estos productos es extremadamente difícil y que «sin datos fiables […] es imposible afirmar nada sobre los efectos de estos alimentos en la salud».

Por otro lado, Jordan Beaumont, profesor titular de Alimentación y Nutrición de la Universidad de Sheffield Hallam (Reino Unido), pone el foco en la herramienta de clasificación NOVA, diseñada en Brasil y utilizada desde hace años para categorizar los ultraprocesados. Beaumont afirma en declaraciones a SMC que los autores «engloban una gran cantidad de conceptos dispares bajo el término "alimentos ultraprocesados"», algo que considera problemático por basarse en evidencia «relativamente débil».

La definición de ultraprocesados que da el sistema NOVA, señalan los expertos, no es suficientemente clara. «Eso significa que es muy complicado poder identificar correctamente los alimentos ultraprocesados, sobre todo teniendo en cuenta la gran variedad de este tipo de alimentos que hay en el mercado. Esto no significa que los estudios que se han realizado ahora no sean de suficiente calidad y no nos den suficiente evidencia de que realmente existe una relación entre el consumo de estos productos y las enfermedades», aclara Perona.

Hacia una respuesta global coordinada

Los artículos publicados en The Lancet están acompañados por editoriales firmados por la Organización Mundial de la Salud y por Unicef, respectivamente. El tono de los textos es de urgencia: ya no se trata de una advertencia a largo plazo. El daño a nuestra salud está sucediendo hoy. La OMS afirma que «el consumo creciente de alimentos ultraprocesados representa una amenaza sistémica para la salud pública, la equidad y la sostenibilidad ambiental», mientras que Unicef define su proliferación global como «una de las amenazas más urgentes, pero insuficientemente abordadas, para la salud humana en el siglo XXI».

El consenso entre los autores es claro: para frenar el avance de los ultraprocesados no basta con apelar a decisiones individuales. Entre las medidas recomendadas figuran mayores impuestos a los productos menos saludables, un mejor etiquetado nutricional, una regulación estricta en centros escolares y sanitarios, restricciones a la publicidad y políticas que favorezcan el acceso a alimentos frescos. López-García confía en que esta serie de artículos pueda servir como «un espaldarazo a las políticas de salud pública destinadas a reducir el consumo de estos alimentos».

«Solo tenemos que mirar a los Estados Unidos, donde el consumo de ultraprocesados ya sobrepasa el 60 % de la dieta. En algunas comunidades de Estados Unidos, dos tercios de las calorías que ingieren los ciudadanos al cabo del día proceden de estos productos. Si no hay regulación y políticas públicas y campañas y educación nutricional, lo normal es que nos dirijamos hacia ese camino», advierte Sánchez Perona.

Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara
Laura Inés Miyara

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.

Redactora de La Voz de La Salud, periodista y escritora de Rosario, Argentina. Estudié Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario y en el 2019 me trasladé a España gracias a una beca para realizar el Máster en Produción Xornalística e Audiovisual de La Voz de Galicia. Mi misión es difundir y promover la salud mental, luchando contra la estigmatización de los trastornos y la psicoterapia, y creando recursos de fácil acceso para aliviar a las personas en momentos difíciles.