TRIBUNA | O |
21 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.ES HERMOSO que Acruga, asociación para el fomento de la Raza Rubia Gallega, le rinda homenaje al veterinario Ricardo Pérez Rosón, de feliz memoria. Tributar homenaje a los desaparecidos es un acto de amor, de altruismo, de refinada elegancia moral. Ya nada se puede esperar de ellos, nada de su poder o de su gloria, y por eso dedicarles honra y recuerdo es nobleza que nos honra. Todos los pueblos tienen su icono, su protagonista, su pequeño o gran héroe, como tienen su loco, criminal, dios menor y santo. Lugo tiene a los Rosón, árbol frondoso que ha dado a España, Galicia, Lugo y Becerreá, vástagos que honraron la política, el foro, la milicia, la sanidad y así. A quién conocí más fue a Juan José Rosón, ministro del Interior en el gobierno de Adolfo Suárez, que brilló en la Transición con tanta luz que deslumbró la Historia. Me nombró gobernador civil de Vizcaya y me visitó en Bilbao. Quiso pasear a pecho descubierto por la Gran Vía bilbaína, y rechazó medidas de protección. Cuando se fue, al pie del avión en el aeropuerto de Sondika, mirando los montes, al despedirnos, me dijo: «Los vascos son como los gallegos. El mismo paisaje, comen igual, cantan lo mismo. Averigua por qué andan cabreados». Al conocer la noticia de que un Rosón es homenajeado, volvió a mí lo que dejó dicho Oscar Wilde: «Cualquiera puede hacer historia, pero sólo un gran hombre puede escribirla». redac.lugo@lavoz.es