Variopinta y multitudinaria, la romería de O Bispo Santo echaba anoche el telón en el municipio de Foz tras varios días de mucha parranda y exceso gastronómico
12 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.O Santo es un poco como los sanfermines, pero en versión romería. No te pilla el toro en el encierro, pero lo mismo te pilla el atasco de las horas punta o te pilla el aguacero o una cogorza de las de no te menees y lo que seguro te pillas es una juerga como para curarte el estrés de todo el invierno.
Hay gente que lleva décadas sin fallar un solo año y el relevo generacional está asegurado; contaba ayer uno de esos focenses incondicionales de la romería que a O Santo va la gente joven, la menos joven, la de mediana edad y los jubilados y también «os de todas condicións ideolóxicas, relixiosas e das outras; aquí non hai complexos».
¿Pero qué tiene esta romería para que la gente vaya aunque caigan chuzos de punta, como pasó en los últimos tres años? Pues quizás, nos responden, «porque comer sabémolo facer moi ben todos». Y de comer y beber saben un rato largo en esta fiesta atrabiliaria donde lo mismo te encuentras al personal con las botas de goma y la bermuda, que en plan finolis y confortable, con sofá debajo del toldo, tele para ver correr a Alonso, marisquito para ir haciendo boca y cubertería si alguno se decanta por la etiqueta.
Tener de vecinos a una pandilla de locos por el chunda, chunda (la música disco sonando a todo trapo) puede fastidiar un poco el almuerzo y la siesta, pero en un ambiente de relaciones distendidas como el que pese a lo anárquico de la fiesta, se vive, no hay problema para llegar a un arreglo con el volumen del decibelio. Ojo, que tampoco falta el borde de turno, pasado de graduación etílica. Hay de todo, especialmente hay algo que es difícil de explicar, que hace posible que esta romería gane año tras año afluencia y que, independientemente de caliente el sol, haga frío, calor o llueva, se llene el paraje de tiendas de campaña, de chiringuitos tapados con toldos, de casetas, de gente que deja su casa y se echa tres o cuatro días al monte, pensando exclusivamente, en comer, beber, pasear, dormir, darse una vuelta, escuchar las orquestas, quizás echarse un baile o una partida, ligar, reirse y agotarse. Anoche se acabó lo que se daba, hoy, los estudiantes a los exámenes, los obreros al curro. Toca cambiar el chip y volver a la rutina.