Érase una vez Alí Babá

María Campo

LUGO

02 jun 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Este érase una vez un pobre leñador llamado Alí Baba que, mientras cortaba leña en un bosque para intentar llegar a fin de mes, descubre la guarida dónde unos ladrones esconden su botín fruto de innumerables fechorías, blanqueo de capitales o quizás de la evasión de impuestos.

Alí escucha las palabras mágicas que hacen que la boca de la cueva se abra o se cierre y, como él no va a ser menos y talar árboles está mal pagado, cuando los ladrones se van, él entra en la cueva y se lleva parte de las ganancias que éstos había ido acumulando de forma deshonesta.

La historia sigue, más o menos, diciendo que el hermano rico de Alí Babá, llamado Casim, descubre la repentina, ostentosa y nada desdeñable riqueza de su hermano, y consigue que éste le cuente cómo la adquirió. Lo malo es que a Casim le puede la avaricia y el nerviosismo y olvida las palabras mágicas para salir de la cueva por lo que los ladrones lo pillan con las manos en la masa y acaban con su vida.

El cuento continúa narrando las peripecias de Alí para zafarse de los cuarenta ladrones hasta que finalmente, colorín colorado, la historia llega a su fin salvando al pobre leñador que a estas alturas de la película incomprensiblemente se ha granjeado el apoyo del lector porque «quien roba a un ladrón?».

Desde que se escribió este mítico cuento de Las mil y una noches las cosas han mejorado algo, y las leyes no entienden de refranero popular, ni Hacienda sabe de los enriquecimientos injustificados.