A veces parece que ni está ni se le espera. Y eso que dirige la entidad polideportiva más importante del mundo. Sandro Rosell Feliu (Barcelona, 6 de marzo de 1964) cumple hoy un año como máximo mandatario del Barça, 365 días marcados por los éxitos deportivos del equipo de fútbol, la línea de austeridad económica trazada desde la junta directiva y una escasa exposición de su presidente ante los medios.
Alejado de los exabruptos y la vehemencia de Joan Laporta, su predecesor en el cargo, Rosell parece el presidente invisible, pese a que en las pasadas elecciones fue el candidato más votado en la historia culé. En su toma de posesión prometió «hacer de la transparencia informativa una cosa normal», pero se olvidó de explicar que no sería él el encargado de dar cuenta a los socios de todo lo que sucede en un club de la repercusión mediática del Barça.
Ni siquiera cuando el técnico del Real Madrid, Jose Mourinho, denunció que el Barça contaba con el favor de la UEFA en la Liga de Campeones o cuando la COPE acusó al equipo de Pep Guardiola de doparse citando fuentes del Real Madrid salió Rosell a defender con contundencia la institución. Al presidente se le ha acusado de exhibir demasiada tibieza en cuestiones que no son precisamente baladís y en guardar demasiado las formas ante su amigo Florentino Pérez y en llevar una política de comunicación de bajo perfil.
El propio Guardiola, el portavoz de la junta, Toni Freixa, o el vicepresidente económico, Xavier Faus, se han visto obligados a dar la cara en asuntos de cierta trascendencia institucional cuando debía haber sido Rosell como máxima autoridad del club quien lo hiciera.
De hecho, en este primer año, el presidente solo ha patinado una vez por exceso: cuando en el marco de un acto solidario apostó varios kilos de alimentos para los más necesitados a que el Barça ganaría 5-0 al Real Madrid en la final de Copa.
Que Sandro Rosell no iba a ser un presidente de marcada personalidad y de los que siempre toman partido ya se vio en la asamblea extraordinaria del club en la que se aprobaron las cuentas de la famosa due dilligence y se decidió ejercer un acción de responsabilidad contra Laporta y la anterior junta directiva por las perdidas del último ejercicio. A la hora de votar aquella decisión sin precedentes, Rosell lo hizo en blanco.
Si en la parcela institucional ha estado literalmente ausente -tampoco ha aparecido en la mayoría de los desplazamientos del primer equipo- en materia económica se le debe reconocer a Rosell el mérito de firmar, en su primer año y en plena crisis mundial, un suculento acuerdo de patrocinio con Qatar Fundation. El equipo cobrará 165 millones de euros en cinco temporadas, el acuerdo de patrocinio más importante que ha firmado nunca un club de fútbol.
El dinero de Qatar Fundation se antoja fundamental para seguir invirtiendo en un proyecto futbolístico de éxito mundial (este año el Barça ha conseguido otro triplete histórico con la Supercopa de España, la Liga española y la Liga de Campeones) y enjugar la deuda de la entidad, que con Rosell ha pasado de 431 millones de euros a 364 millones.
Esa línea de austeridad económica ha llevado al club a disminuir un 5% -en cinco años- el presupuesto de las secciones profesionales, pese a los éxitos deportivos de las mismas. Además, ha desmantelado la sección de béisbol y circunscrito la participación del resto de secciones amateur a campeonatos disputados en Cataluña. Medidas que han generado una gran polémica y gran lunar de su mandato.