Soledad

ANTÓN GRANDE

LUGO

Hace unos días me senté en una terraza de la Praza Maior. Allí, de repente, sentí la soledad. Casi sin darme cuenta, me vi rodeado por gentes a las que no conocía. No había ni un lugareño a quien saludar, con quien charlar a no ser el camarero.

Anteayer me pegué un garbeo por la zona de los vinos. Las terrazas abarrotadas con gente foránea, extranjeros y turistas españoles. Encontré un sitio en la Praza do Campo y allí me acomodé, combatiendo mi soledad con una cerveza hasta que acertó a pasar Xulio Giz con su esposa; por fin pude decir la frase del día: ¡qué calor! seguida de un ¡Hasta logo!

Al rato fueron dos antiguos compañeros del colegio los que se detuvieron a charlar un rato, aunque breve. Pasado estos dos momentos, volví a la observación de las personas que buscaban una terraza o un lugar para comer mientras que otros, habitual en estos viajes, se hacían fotos que guardarán en el ordenador y que quizá no volverán a ver en años. Me di cuenta que al menos mi soledad tenía una parte instructiva, ver como se desenvolvían, preguntaban, sacaban mapas y algunos repetían ante mí sus pasadas quizá, como Proust, en busca del tiempo perdido.

Muchos escritores han tratado a lo largo de la historia la soledad como un aislamiento impuesto, como búsqueda de una identidad, o bien como condición propia del ser humano. La verdad es que yo no hacía una búsqueda tan profunda, solo quería romper mi soledad charlando con alguien conocido de cosas comunes, de historias y anécdotas pasadas.

Decía Nietzsche que en la soledad, el solitario se come a sí mismo y en la multitud, muchos se lo comen a él. Yo, la verdad, solo quería un poco de conversación.