Jefe

EMILIO R. PÉREZ DESDE EL ALTO

LUGO

Imagen de un local en la zona de Garabolos, Lugo.
Imagen de un local en la zona de Garabolos, Lugo. Pablo Fernández

No hay terraza en la que me siente a tomar algo donde no me llame «jefe» el camarero. Sobre todo aquí en Madrid, donde me encuentro. ¿Qué toma, jefe? Cuidado, jefe, no tropiece. ¿Le ayudo, jefe?... Apesta a peyorativo, pero suena amable. Condescendiente.

Vengo de Zaragoza. Allí te torras. Ahí sobre las doce, el patio de la AGM más que patio es tostadero. Y aunque mi hija me echó crema, traigo el rostro hecho un poema. Será por eso que me dicen «jefe»: me toman por piel roja. Por cheroqui. O por pies negros. Pero jefe, oigan. Nada de pringado indio a secas, navajo cutre de reemplazo que del simple jao no pasa. Jefe, ojo, no se equivoquen, Toro Sentado, Jerónimo o Caballo Loco. Todo un honor si no fuera porque a nadie se le escapa lo que ese «jefe» indica. A nadie se le ocurre llamarle jefe a un pipiolo. Ya me entienden.

Siendo aún cadete en Zaragoza, nadie me llamaba jefe. Ya me gustaría. Hoy, torrado el rostro, de Zaragoza vuelvo tras celebrar las Bodas de Oro, tras dominar como mal pude la emoción a chorros, tras revivir gratísimos recuerdos y abrazarme hasta la lágrima con mis viejos compañeros; cadetes por entonces, pipiolos empezando aún a curtirse en la AGM y, tras currárselo torrando el pecho a muerte, salir tenientes.

Cincuenta años después, de vuelta a Lugo con tal nudo aún en la garganta que hasta los párrafos me bailan, doy por hecho que mañana en Garabolos no habrá «jefe» sino Emilio, mas cuando baje al Centro volverá a sonar el retintín de siempre. Lo tomaré como cumplido cuando alguno me lo suelte con sutil condescendencia, claro, pero con sano orgullo sonreiré para mí mismo: ¿Jefe?... tú lo has dicho, amigo.