
Aunque llegó a nuestros bolsillos el 1 de enero del 2002, fue a comienzos de 1999 cuando aterrizó en los mercados como moneda oficial para las operaciones financieras. En estos veinte años, el euro ha pasado del esplendor inicial a los vaivenes actuales. Sobre la mesa, retos como culminar la Unión Monetaria o dar la batalla al dólar como referencia a escala global. Objetivos indispensables para garantizar su pervivencia y, por el camino, la del proyecto común europeo
06 ene 2019 . Actualizado a las 05:15 h.Fue a mediados del siglo pasado cuando Jacques Rueff afirmó que Europa se haría por la moneda o no se haría. Con esta afirmación, este prestigioso economista francés visionó como nadie el futuro del Viejo Continente, concretando todo un desafío no solo desde el punto de vista económico sino, principalmente, político. Tanto es así, que recién celebradas las dos décadas de puesta en circulación de la moneda reclamada por Rueff, su balance pasa por una combinación casi a partes iguales de economía y política.
Y sí, parece que fue ayer cuando en diciembre de 1995, la denominada Cumbre de Madrid decidió incorporar a nuestras vidas cotidianas algo hasta entonces desconocido como el euro. Esa nueva moneda caería en nuestra manos a principios de 1999. Desde entonces, todo ha transcurrido muy rápido para algunas cosas y muy lento para otras. En todo caso, lo que resulta evidente es que el cambio ha sido muy profundo, a la vez que irreversible.
Con motivo de esta relevante efeméride han sido muchos los artículos de opinión y balances realizados tanto por instituciones como por diferentes economistas y analistas financieros. Todos ellos comparten una valoración dividida en dos etapas que se corresponden, casi de manera exacta, con cada una de las dos décadas. La primera de ellas puede ser calificada como esplendorosa, donde la Unión Monetaria recién creada mostró una fortaleza como pocas veces en la historia de la vieja Europa.
Por el contrario, el segundo período padeció una crisis financiera sin precedentes en muchos ámbitos y esa embestida hizo desvanecer buena parte de los cimientos recién construidos. De esta manera, la situación actual puede calificarse como escéptica, cuando no pesimista, sobre lo que puede pasar en el futuro más inmediato. Por ello viene a la mente el viejo tango que, con voz burlesca, nos habla de «primero un juramento, después una traición» para describir la situación actual de nuestra moneda europea.
Y esa traición nos remite inexorablemente a cuestiones que, pese a estar previstas y detalladas en las intenciones iniciales, siguen sin ser una realidad, o lo son de manera muy difusa. Es cierto que la Unión Bancaria ha dado pasos agigantados, pero uno de sus pilares fundamentales, como es el Sistema Común de Garantía de Depósitos, sigue aún pendiente y sin fecha fija para convertirse en realidad. Algo semejante ocurre con las reformas del Mecanismo Europeo de Estabilidad que, pese a estar previstas, han tenido que aplazarse como consecuencia de la crisis padecida. En definitiva, el escenario es de una Unión Monetaria claramente incompleta o no finalizada, sin la cual no es posible poder pensar en un presupuesto específico para la zona euro.
Las heridas no acaban aquí, sino que el agravamiento de las desigualdades entre los países (especialmente en los periféricos) es una realidad incontestable. Los recortes en el gasto público de los países euro tuvieron en el gasto social su principal objetivo, afectando de manera determinante a los segmentos de población más vulnerables. Igualmente, la pérdida de calidad en el mercado laboral ha sido nota común en economías como la española.
No obstante, hay una pregunta que debemos hacernos en aras de ser justos en este balance sobre el euro. Se trata de dar respuesta a cuáles habrían sido las consecuencias de la crisis para economías como la nuestra sin ese paraguas común monetario. Y aquí se debe hacer mención especial al papel y a la labor de una institución como el Banco Central Europeo. Bien es cierto que su reacción fue un poco tardía (sobre todo comparada con otros bancos centrales), pero las palabras de su presidente, Mario Draghi, con su «haré todo lo necesario para preservar el euro y, créanme, será suficiente», resultaron determinantes.
Las políticas de estímulo financiero del BCE posibilitaron el inicio de una recuperación que difícilmente hubiera sido posible sin este tipo de estímulos externos. Cambiamos entonces de tango para citar al irreemplazable Carlos Gardel con «el día que me quieras». Ese 26 de julio del 2012, cuando se presentó el conocido como Plan Draghi, no podría ser definido de mejor manera.
Así pues, han pasado veinte años desde que conocimos al euro y algunos eventos recientes han evidenciado la necesidad de profundizar en la Unión Monetaria. En este sentido, el mismo presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha abogado por la necesidad de construir unos mercados de capital profundos y líquidos. Es por ello que si se quiere seguir avanzando y que el euro sea capaz de celebrar con éxito otro cumpleaños similar, la primera tarea a emprender consiste en fortalecer su rol internacional.
El referente a seguir está claro y aún lejos de alcanzar: el dólar estadounidense. Si algo caracteriza la fortaleza de la economía americana es su moneda la cual se ha convertido en una referencia global. Baste como ejemplo citar que Europa paga en dólares el 80 % de sus importaciones energéticas (aunque solo el 2 % de estas provengan de Estados Unidos) o que para adquirir aviones continentales las empresas europeas utilizan también el dólar, en vez del euro. Esa escala global debe ser el objetivo de la moneda europea.
Nuevamente se mezcla aquí la economía con la política porque muchas de las situaciones de debilidad del euro frente al dólar tienen más que ver con decisiones políticas que financieras. Los vaivenes políticos son cada vez más impredecibles y ya sabemos lo poco que le gusta a la economía la incertidumbre. Nadie se atreve a aventurar qué es lo que va a pasar con ese gran gigante que es China; por su parte, Estados Unidos y su inefable presidente nos regala sorpresa tras sorpresa y, por si fuera poco, Rusia (que es lo que más cerca tenemos) parece alejarse en muchos sentidos.
Pero debe haber (y hay) espacio para la esperanza ante este escenario. Por ello, en cuanto al futuro más inmediato y, tomando prestadas unas recientes declaraciones del director del Centro de Estudios Europeos Bruegel, Guntram Wolff, podemos ser optimistas. Cabe esperar que las presiones políticas externas permitan tener posiciones europeas más unificadas, lo cual redundará en beneficios colectivos. Por ello es necesario estar expectantes de las medidas anunciadas por la Comisión sobre este particular. Estas permitirán graduar la intensidad de las reformas necesarias en las bases de la Unión Monetaria que sustenta al euro. En buena medida, de dichas medidas dependerán el futuro de nuestra moneda y cuánto de optimistas podamos ser. Mientras tanto, y esperando por ellas, nos quedamos con otro tango:
«Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias».