El regreso del patriotismo económico
MERCADOS

Europa necesita de unas costuras más firmes en estos tiempos turbulentos. El proteccionismo de Trump, el incierto desenlace del «brexit» o la ola populista dejan el proyecto comunitario ante un delicado escenario del que solo saldrá bien parado desde una posición común. Desafíos como las crecientes desigualdades, la preservación de la democracia o la estabilidad, así como el problema migratorio, requieren de una UE cohesionada y fuerte, alejada de los diletantes ritmos del pasado
03 feb 2019 . Actualizado a las 05:12 h.Se mire por donde se mire, el mundo ha virado progresivamente hacia un cierto proteccionismo, que para algunos actores como Trump, es la terapia que todo lo cura. Europa, a su vez, se está viendo atrapada entre el populismo rampante y las negativas consecuencias de ampliaciones no muy bien pensadas, al menos desde el punto de vista de la Unión en su conjunto. En un contexto globalizador, son imprescindibles ciertos anclajes que preserven un mínimo de identidad, y ahí Europa padece una anemia que no logró ser atajada entre tanto diletantismo, defecto que alcanza cotas más que preocupantes cuando ha de tener opinión fuera de sus fronteras, envuelta en su tradicional bruma institucional. Digámoslo claro, si las cosas no se hubiesen torcido con la crisis económica y financiera, podría haberse seguido al tran tran, construyéndose con exasperante lentitud, mas avanzando al fin y al cabo. Pero mundialización más crisis están provocando unos rotos considerables, a los que se ha venido a sumar el brexit, cuya materialización es el cuento de nunca acabar y ante el que Bruselas no puede responder con paños calientes. No somos minoría quienes pensamos que va a ser para bien, pues no tiene ningún sentido una pertenencia privilegiada, con un país de subconsciente colonial y solo abierto a la discriminación positiva.
Equidad y estabilidad
Desde los países miembros, y, por tanto, también desde España, el interés debería ser el de apostar por más Europa, opinión que no comparten algunos gobiernos, el más llamativo quizá el italiano, por su característica de padre fundador. ¿Alguien puede pensar, sin embargo, que los desafíos que plantean la equidad, la estabilidad, la reducción de las desigualdades o la preservación de la democracia, se abordan mejor desde una lucha de guerrillas? ¿El inmenso problema de las migraciones tiene una forma más eficiente de ser gestionada que la que se haga a escala europea? Las respuestas simplistas a problemas complejos están haciendo mucho daño a la implementación de políticas virtuosas, en nombre de un bienestar que no se puede conseguir sin esfuerzo y determinadas renuncias en el corto plazo.
Realmente, no es posible sostener con seriedad que aislarse de las cadenas de valor mundiales nos traerá mejores precios y exportaciones más altas, por no hablar de la lucha contra el fraude fiscal, que si es una batalla con numerosas bajas, solo puede tener alguna eficacia si se aumenta la escala del control. Pero el nervio más sensible, y no solo en la retórica política, lo constituye la gobernanza, entroncada con la legitimidad democrática. Un buen ejemplo de estas carencias lo constituye el arsenal de respuestas a la crisis que se habilitaron en la Unión, como pueden ilustrar los programas de asistencia financiera, basados en acuerdos intergubernamentales, ajenos al Parlamento Europeo. Urge, pues, llevar este tipo de mecanismos a los tratados, para someterlos así al control ciudadano.
Año electoral
Pero el año 2019 nos va a deparar, probablemente, nuevas inquietudes como consecuencia de las elecciones nacionales y europeas. Están previstas legislativas en siete estados miembros, presidenciales en seis y, en mayo, las del Parlamento Europeo, esperemos que sin un brexit empantanado, pero todo puede ser. A su vez, con un Macron con la popularidad en caída libre y una Alemania incierta, habría que aguardar una especie de milagro para que el motor franco-alemán se reiniciase, por imprescindible que resulte. Lo decía Centeno, presidente del Eurogrupo y ministro de finanzas portugués: la Unión Europea debe responder a la angustia provocada por la mundialización. Pero ¿está en condiciones de hacerlo con credibilidad? Después de los comicios de primavera, ¿la Unión se verá reforzada en ese sentido, o claramente debilitada? ¿Progresará de manera sensible la contra-revolución cultural, esencialmente identitaria?
Ese es el escenario pantanoso en el que se mueve esta parte del mundo en que nos ha tocado vivir. Galicia, por tanto, que en varios momentos de su historia se entrenó en los mercados internacionales, aunque con un volumen reducido, ha salido de esta última crisis con muchas empresas habiendo revalidado su competencia en el exterior. Haciendo de la necesidad virtud, pero ha ocurrido y se ha hecho bien. Crear valor en los mercados globales es hoy un imperativo también para las economías regionales, a través de empresas de dimensión pequeña o media. Por eso, la labor de acompañamiento y, en determinados casos, de cebar la bomba por parte del Gobierno autonómico pasa por comprender adecuadamente la nueva economía, que se construye con talento, capital, tecnología y voluntad emprendedora. Es digno de subrayarse el dinamismo alcanzado por las exportaciones gallegas, con tasas interanuales impensables tiempo atrás.
Precisamente este perfil dinámico de la economía en la Galicia de los últimos años la resguardará de males mayores en este ejercicio, nutrido el sector exportador por la industria del automóvil, el energético, el textil, las semimanufacturas y la alimentación. Pero, de todos modos, y aún manteniendo un ritmo de crecimiento elevado, la tasa se reducirá en el 2019, según todas las estimaciones, y ello por el ambiente de incertidumbre que atenaza la economía mundial, con la consiguiente reducción del viento de cola.
Multilateralismo
En el argot de la profesión, el pico del ciclo ya ha quedado atrás. ¿Y qué es lo que ha cambiado? Pues el comercio, no en vano Donald Trump le dio un viraje completo a la política comercial americana, sostenida desde los años 30. Y habrá que ver qué pasa con la tregua EE.UU y China, entre otras cosas. Pero muchas empresas, a lo largo y ancho del mundo, han parado o reducido sus planes de inversión, con consecuencias directas en el crecimiento y en el empleo. Es cierto que los bancos centrales, especialmente el europeo, continuarán con sus políticas adaptativas -tipos negativos, inyecciones de liquidez...-, pero no bastará. Y en Davos, esa peregrinación del Gotha económico y financiero, bastante pesimismo, amén de sonadas ausencias. Allí, Ángela Merkel, ya en retirada, tuvo palabras llenas de sensatez: no hay alternativa al multilateralismo, no es admisible que cada país solo se preocupe de sus propios intereses. A su manera, implícitamente, vino a afirmar que el declive del multilateralismo es una consecuencia de ciertos nacionalismos y que lo híbrido es más una fortaleza que una debilidad.
Estamos, pues, en un año que huele a fin de ciclo en Estados Unidos, lo que repercutirá en Europa. Y en la Unión, brexit, una Italia echada al monte -aunque también obediente con Bruselas, todo hay que decirlo-, Francia y sus chalecos amarillos, España y los secesionistas catalanes… Decir incertidumbre parece poco decir.