¿Ocaso del banco central?

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA DE LA UNIVERSIDADE DE VIGO

MERCADOS

Arne Dedert

22 sep 2019 . Actualizado a las 05:05 h.

Durante los últimos cuarenta años, los banqueros centrales han sido actores decisivos en el juego de la política económica, en muchos casos por encima de los gobiernos. Para ello resultó esencial que se les otorgara la exclusiva para alcanzar el objetivo principal de la política en ese período, la lucha contra la inflación. Con ese fin se les dieron plenos poderes, a través de leyes que, casi sin excepciones, fueron instaurando su independencia frente al poder político en todo tipo de países: la idea era que la política monetaria constituye la herramienta fundamental para garantizar la estabilidad económica, y que hay que evitar que acabe siendo arruinada por las contingencias propias de la actuación de los gobiernos (expansiones artificiales antes de una cita electoral, etcétera).

Si se ha de juzgar por el grado en el que se alcanzó aquel objetivo, el sistema de superbancos centrales independientes fue un éxito completo, pues en ese tiempo la inflación pasó de ser un problema económico fundamental… a casi evaporarse. El caso es que por entonces algunos banqueros centrales eran vistos casi como brujos poseedores de una herramienta casi hermética, pero muy eficaz para alcanzar la expansión continuada, la ausencia de ciclos y el progreso. El ejemplo más visible es la figura idealizada de Alan Greenspan, durante muchos años a la cabeza de la Reserva Federal norteamericana (muy evidente en el libro que le dedicó el periodista Bob Woodward, cuyo propio título es más que revelador: Maestro).

 Luego vino el colapso del 2008 y muchas cosas cambiaron. Los greenspan pasaron a ser demonizados (pues se hizo evidente que el mundo sin ciclos no era sino la fase ascendente de un terrorífico ciclo financiero), y la idea de confinar la política monetaria a la estabilidad de precios quedó desacreditada. Pero, curiosamente, en la nueva situación, que dura hasta ahora mismo, los banqueros centrales aumentaron todavía más su presencia en la vida pública. ¿Qué lo explica? Pues el hecho de que, desaparecidos los gobiernos durante buena parte de ese período, solo algunos de ellos estuvieron atentos y firmes para evitar que la Gran Recesión se convirtiera en un desastre económico sin parangón posible. Los Mario Draghi en Europa o Ben Bernanke en Estados Unidos serán seguramente recordados como oportunos paladines de una lucha para evitar el mal mayor en estos años difíciles.

 La inmediata marcha de Mario Draghi puede ser vista como símbolo de un cambio profundo. Sus últimas decisiones están siendo coherentes con su famoso «haré todo lo que sea necesario»: combatir por tierra, mar y aire (bajando aún más los tipos y retornando al programa de compra de activos) la llegada de una recesión. Sin embargo, sabemos que esas medidas serán cada vez menos eficaces, y de hecho algunos de los principales bancos nacionales se han opuesto a ellas con una firmeza inusitada.

No se trata de un asunto coyuntural. En una perspectiva de al menos una década, la estabilidad de precios será entendida de un modo muy diferente al del pasado, con las amenazas de deflación como primer enemigo, y ahí las virtudes del banco central están aún por demostrar. Y si el escenario de estancamiento secular se confirmara (y todo indica que va a ser así), entonces los bancos centrales poco podrían hacer, porque, ¿hasta dónde pueden llegar los tipos negativos? ¿Tendrán algún efecto sobre la actividad real? Probablemente no. ¿Habrá que recurrir a un quimérico helicóptero monetario?

No es raro que, mirando al futuro, se hable de un posible ocaso de los bancos centrales. Con todo, habría que atender también a las ventajas que estos organismos tienen a la hora de tomar decisiones: son ágiles, rápidos y muy capaces desde un punto de vista técnico. Méritos no pequeños en esta era de visible aceleración.