
Lleva Giovanni Ferrero (Farigliano, 1964) pilotando el negocio familiar desde 1997. Primero compartiendo gestión con su hermano mayor, Pietro; y, desde el 2011, después de la muerte de este último tras ser arrollado por un coche mientras practicaba ciclismo en Sudáfrica, en solitario. Y en esos más de diez años al frente del imperio en el que su padre, Michele Ferrero, convirtió la modesta panadería que sus abuelos abrieron allá por 1942 en la localidad piamontesa de Alba, no ha hecho otra cosa que agrandar el legado que le entregó el patriarca tras su fallecimiento en el 2015. Nacido en 1925 en tierras de trufas, vino y avellanas, se estrenó Michele en el negocio del dulce recién cumplidos los 21 años. Y lo hizo vendiendo el Giandujot, un bombón ideado por su padre, Pietro Ferrero.
Corría el año 1950 cuando a los Ferrero se les ocurrió la —brillante, visto lo visto— idea de elaborar un chocolate que pudiese untarse. Supercrema, lo bautizaron. Catorce años después de aquello, y ya a los mandos de la empresa familiar, decidió Michele que había que cambiarle el nombre a su producto estrella por aquello de que no sonara tan local y, quién sabe, por si se lanzaban de lleno a la aventura internacional. Nutella, lo llamó (Nut, avellana en inglés más el sufijo latino ella). Este año celebran su 60 aniversario.
En 1956 abrió una gran fábrica en Alemania y, poco después, dio el salto a Francia. Fueron los primeros pasos de su rápida expansión por Europa, con la apertura de oficinas comerciales y factorías en Bélgica, los Países Bajos, Austria, Suiza, Suecia, el Reino Unido, Irlanda y España. Después llegarían el norte y el sur de América, Asia, Europa del este, África, Australia....
Antes de la Nutella ya había nacido el Mon Chéri, con su famoso corazón relleno de cereza y licor. Detrás vendrían los huevos Kinder y los Ferrero Rocher.
Y nunca hasta su muerte, a los 89 años, dejó Michele de estar pendiente del negocio. Por mucho que hubiese dado un paso atrás para disfrutar de un retiro dorado en Montecarlo, jamás se jubiló del todo. Nunca perdió la pasión por su criatura. Ni se desprendió de sus inseparables gafas de sol negras.
Hoy su hijo dirige el mayor productor europeo de dulces y el segundo del mundo, un grupo compuesto por 109 empresas que cuenta con 32 fábricas en 50 países, que comercializa sus productos —directamente, o a través de distribuidores— en más de 170 estados y que en el ejercicio fiscal del 2022, el último del que hay cifras, facturó 14.000 millones de euros. Y todo ello, sin mancillar la esencia del negocio familiar, impidiendo, por ejemplo, su salida a bolsa.
De sus padres, además del negocio, heredó Giovanni unas profundas creencias religiosas. «Crecí en una familia muy creyente, mi padre es [en aquel momento aún no había fallecido] muy devoto de Nuestra Señora de Lourdes hasta el punto de que, antes, algunas reuniones con los gerentes del grupo se realizaban en Lourdes», explicó en una entrevista concedida hace años a la revista católica Famiglia Cristiana. Y cuenta la leyenda que fue precisamente esa fe ciega en la Virgen de Lourdes la que está detrás del nombre de los bombones Ferrero Rocher, que los llamó así por la gruta donde a santa Bernardita se le apareció la Virgen María en Lourdes, la Rocher de Massabielle.
Fiel seguidor de la Juventus, estudió Giovanni en Bruselas y se especializó en márketing en Estados Unidos. Casado con Paola Rossi, funcionaria de la Comisión Europea, tiene dos hijos, Michele y Bernardo. Sus aficiones: el jogging, siempre que puede, casi a diario; y la música, fiel compañera mientras lo practica. Su pasión: escribir. De hecho ha publicado cinco novelas de ficción, la mayoría de ellas ambientadas en África, otro de sus grandes amores.