



















Un simple juguete ha conseguido que la empresa china Pop Mart, encargada de producir y comercializarlos, impulse sus beneficios un 350 % en tan solo un año
27 jul 2025 . Actualizado a las 16:15 h.Inerte, peludo, con unas orejas y unos ojos muy peculiares y con una sonrisa más bien diabólica. Esos son, en un primer vistazo, los principales atributos de la que ya se ha convertido en la gallina de los huevos de oro en China. Pero los Labubus —como se llaman estos muñecos— son mucho más. Algo tiene el agua cuando la bendicen, que diría el refranero popular. Y algo tiene que tener este juguete para haber alcanzado un valor bruto, según los cálculos de JPMorgan, superior a los 14.000 millones de yuanes (1.714 millones de euros) en tan solo dos años.
Pero esa cantidad que quita el hipo es solo el principio. Porque la madre de la criatura —Pop Mart, la empresa china que produce y comercializa estos lucrativos muñecos— anunciaba hace unos días a bombo y platillo que sus previsiones apuntan a que su beneficio aumentará un 350 % en tan solo un año, mientras que los ingresos lo harán otro 200 %. «El mayor reconocimiento global de la marca y sus propiedades intelectuales, así como la diversificación de las categorías de sus productos, impulsaron en este semestre el crecimiento de los ingresos del grupo», aseguraba Pop Mart en un comunicado remitido a la bolsa de Hong Kong.
A estas alturas, habrá algún despistado que se esté preguntando qué son los Labubus. Y, sobre todo, qué es lo que tienen para haber conseguido proveer a sus creadores de tamaña cantidad de dinero.
Detrás de estos peluches se encuentra un diseñador hongkonés con residencia en los Países Bajos. Kasing Lung creó a sus pequeñas alimañas, inspiradas en la mitología nórdica, en el año 2015 y las presentó al mercado a través de una serie de libros infantiles llamada The monsters (Los monstruos). Durante años, las bestias de Lung quedaron recluidas en las hojas de papel. Pero Labubu tenía potencial y en el 2019 se topó de bruces con Pop Mart. Los responsables de la empresa —que a día de hoy tiene una capitalización superior a Mattel y Hasbro juntas— supieron reconocer la oportunidad y ofrecieron a Lung un acuerdo exclusivo.
El milagro económico estaba hecho. En octubre del 2023 salió la primera serie de llaveros con el peluche colgando y en el 2024 jóvenes (y no tan jóvenes) de todo el mundo se lanzaban a la carrera por conseguir, costase lo que costase, cualquier figurita de la marca.
Mucha responsabilidad en el despegue vertiginoso de la marca la tuvo la cantante tailandesa Lisa —componente del grupo de K-pop Blackpink y conocida por su aparición en la serie The White Lotus— después de colgar a uno de estos peludos muñecos en las asas de su exclusivo bolso de Louis Vuitton. A partir de ahí, los Labubus ya no eran un muñeco. Eran un objeto de deseo y casi de culto en toda Asia. Pero Pop Mart quería poner una pica en otros territorios. Embajadoras como Rihanna, Dua Lipa, Kim Kardashian o en España Aitana, provocaron una fiebre consumista pocas veces vista anteriormente.
No en vano, hay quien se atreve ya a comparar a los monstruos de Lung con la mismísima Hello Kitty.

Ediciones limitadas
Las vigorosas y bien pensadas campañas de márketing que han desplegado los equipos de Pop Mart también tienen mucha culpa del fenómeno. La particular estrategia se sustenta en gran parte en el lanzamiento de ediciones limitadas con diseños diferentes y la comercialización en cajas sorpresa. Es decir, los clientes adquieren un juguete sin saber exactamente si el diseño que tendrá será el que más les convenza. Y esa ansiedad por conseguir el modelo deseado, unido a la descarga de adrenalina que supone el factor sorpresa al abrirla ha provocado un consumo emocional muy beneficioso para las cuentas de la empresa. De hecho, en China se ha instalado lo que muchos han bautizado como «la economía Labubu», con un mercado de reventas muy agresivo.
Fuera de territorio oriental la escena se repite. Hace tan solo unos meses, Pop Mart tuvo que suspender la venta de muñecos en el Reino Unido debido a la aglomeración que se registró a las puertas de fans ansiosos por conseguirlos. Ha habido casos de gente dispuesta a pasar la noche entera al raso frente a las puertas de las tiendas Pop Mart para hacerse con las primeras unidades de una determinada colección.
Los precios —en tienda— oscilan entre los 12 euros y los 30 euros. Pero la etiqueta se infla de forma vertiginosa en el mercado de segunda mano. Hace unas semanas, se vendió en Pekín una figura exclusiva de gran tamaño (casi como un humano) por más de 150.000 dólares.
Toda esta ola se está dejando notar en la economía de Hong Kong, que aspira a liderar la creciente economía de productos de propiedad intelectual —valorada en 50.000 millones de dólares— empujada sobre todo por el fenómeno Pop Mart.
Las autoridades son conscientes del filón y ya en el mes de marzo, el ministro de Finanzas hongkonés, Paul Chan, aseguraba que extenderían un plan de apoyo a más de una treintena de proyectos culturales en el próximo lustro aprobando deducciones fiscales en tasas de licencias de derechos.
La regulación, un reto
Eso sí, no es oro todo lo que reluce y Pop Mart todavía puede toparse con importantes retos en su futuro más cercano. El primero de ellos, la regulación. El Diario del Pueblo Chino, periódico oficial del Partido Comunista del país, alertaba hace unos meses que el Gobierno de Xi Jinping había puesto sobre la mesa la posibilidad de empezar a regular el fenómeno de las cajas misteriosas, endureciendo este modelo de negocio para evitar que los menores se volvieran adictos a la compra de estos productos. Algunas fuentes comparaban a los Labubus a jugar a la ruleta, puesto que adquirir la caja sin saber lo que viene dentro podía abocar a los jóvenes a comprar una y otra vez hasta conseguir el premio que quieren. Solo ese pequeño anuncio en el diario oficial del Gobierno chino llevó a que las acciones del fabricante de juguetes perdieran un 6,6 % en la bolsa de Hong Kong.
Rusia tratará de subirse al fenómeno con su propia edición soviética
Antes de los Labubu fueron los Sonny Angel, esos bebés con el culo al aire que poblaron los móviles de medio mundo (con algún que otro ministro incluido) y mucho antes fueron los Funko Pop, esas figuras cabezonas que representaban a toda clase de personajes de la cultura. El caso es que las modas de los muñecos llevan ya varios años siendo un reclamo para los conocidos como kidults, ese fenómeno actual donde los adultos muestran un creciente interés por juguetes que tradicionalmente eran considerados algo para el público infantil. Y en algunos otros países también quieren replicar la fórmula. Rusia, por ejemplo, se ha puesto manos a la obra para crear su propia versión de los Labubu pero reimaginando a personajes de animación soviéticos.
El estudio de animación dependiente del estado ruso Soyuzmultfilm solicitó hace unas semanas la patente de la marca Chebubu, una fusión entre los populares juguetes chinos Labubu y el personaje de animación soviética Cheburashka. «Tomamos la decisión de registrar la marca para proteger a Cheburashka como parte de la lucha contra posibles falsificaciones y evitar que otras empresas lancen juguetes similares», explicaba hace unos días Yuliana Slasheva, directiva de la empresa cinematográfica que produce estos dibujos.
Falsificaciones
En caso de salir adelante, con algo que tendrán que lidiar en Rusia será con las falsificaciones, que de hecho se han convertido en uno de los grandes quebraderos de cabeza de Pop Mart. La fiebre por estos muñecos ha disparado las incautaciones de estos productos en China. De hecho, el servicio de aduanas del aeropuerto de Pudong, en Shanghái, interceptó en un solo día casi 6.000 juguetes que imitaban al muñeco.
Es tal la fiebre, que todo vale. Hasta comprar incautaciones. Hace unas semanas un lote de 39 Labubus falsos que salieron a subasta se compraron por 23.000 euros.