PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS
09 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Desde la remota antigüedad, como solían comenzar sus escritos los historiadores clásicos, la más ansiada pretensión humana fue siempre la de ser capaz de volar. Quizá con temor, pero siempre con ambiciosa decisión. Desde Dédalo a Leonardo da Vinci todo han sido intentos de elevarse, distinguirse, mirar el mundo desde lo alto, vagando, como dijo el poeta, solitario y altivo como una nube. Claro que esta pretensión necesitó siempre de instrumentos sobrepuestos a nuestro cuerpo, que Dios quiso áptero. Pero la técnica, que no para, también pudo proporcionarlos. Y volar se convirtió en una rutina física y multitudinaria, sometida sólo al engorro de la tarjeta de embarque y el cacheo de las salas previas al finger de acceso. Sin embargo, hoy tenemos de nuevo miedo a volar y quiebran las compañías aéreas. Hay algo mitológico en todo esto, como cosa de un Ícaro renovado. Se nos están derritiendo las alas del vuelo gregario. Es malo. Pero peor sería si se nos disolviesen otras alas, no servidas por Sabena o la Lufthansa, las alas de nuestra propia imaginación personal, que no nos atreviésemos a volar ni solos ni acompañados.