Crónicas de septiembre

SUSANA FORTES

OPINIÓN

CUANDO SE cumple un año de los atentados del 11-S, las míticas torres continúan proyectándose verticalmente sobre el cielo igual que esos miembros cuyo dolor persiste aún después de ser amputados. La vida vuelve a vibrar en el bajo Manhattan con el bullicio y el olor y los sonidos de una gran urbe con tripas. El patriotismo se hace creciente a medida que se acerca el día. Las barras y estrellas se exhiben en las fachadas de los rascacielos y en las antenas de los automóviles, en las bolsas de las hamburguesas y hasta en los elásticos de los calzoncillos que llevan los raperos bien visibles a la altura de la cadera. La riada de peregrinos atraídos por el magma negro del gran cráter aumenta cada día. No hay turistas europeos entre ellos y, por supuesto, ni un solo neoyorkino. Son americanos de Minnesota, de Ohio, de Illinois... los que quieren acercarse hasta la misma verja donde trabajaban las excavadoras para ver la viga de hierro en forma de cruz que parece nacida de los escombros. Todo el recinto, desde Church street hasta Broadway, está sembrado de puestos de souvenirs con las fotos más dramáticas de la tragedia. Nueva York está destinada a absorber todo lo que le ocurra, pero esta vez va a necesitar tiempo. Al anochecer dos potentes halos de luz parecen señalar no sólo el vacío de las torres, sino un vacío más poderoso que amenaza la ciudad desde dentro. Pocos testimonios expresan más hondamente esta clase de angustia que el de F.O., que vivía en uno de los apartamentos frente a la torre Norte: «Lo peor fue ver a aquellos hombres tratando de agarrarse de espaldas a los marcos de las ventanas, tambaleándose, mirando hacia abajo: ejecutivos, mujeres con traje de chaqueta... y después verlos saltar por el aire hasta estamparse justo ahí» -dice, señalando la claraboya de cristales del restaurante del hotel Marriot. Comparada con otras grandes urbes del mundo, Nueva York todavía estaba en su infancia. Era trepidante, creativa, liberal, optimista, tolerante, arrolladora, con mil puntos de fuga, la ciudad que nunca duerme... Pero la experiencia de la muerte se aviene mal con estas normas de estilo. A pesar del esfuerzo de Woody Allen y de miles de neoyorkinos enamorados de su ciudad por librarla del peso traumático de aquellas escenas, no será fácil. Desde el River Café, al pie del puente de Brooklyn, el futuro no se eleva por encima del perfil de los rascacielos, sino que permanece cociéndose todavía bajo el magma de silencio y cenizas del bajo Manhattan.