DABA GUSTO verlos hace una semana en Atenas: los mandamases de la Unión Europea comportándose como miembros de una familia rica que, en su desprendida generosidad, acogían a los parientes pobres. El día anterior, Tony Blair y Gerhard Schröder habían hablado amistosamente, mientras Jacques Chirac lo hacía con George Bush. Y los propios Blair, Aznar, Schröder, Berlusconi y Chirac se entrevistaron con Kofi Annan, secretario general de la ONU. Era la Cumbre de Atenas y se firmaba el Tratado de Adhesión de los diez nuevos socios de la UE a partir del 1 de mayo de 2004. ¿Qué ha pasado desde entonces para que, aparte de algún artículo retórico y grandilocuente (es decir, vacío), apenas se haya podido leer algo confiado y alegre, y a la vez profundo y esperanzador, sobre esta nueva Unión Europea de 25 países? ¿Qué extraña desconfianza, o indiferencia, se ha apoderado de nosotros? ¿Es puro pasmo?... Somos muchos los que, siendo partidarios de la ampliación de la UE, nos preguntamos si no se acabará por dañar el barco comunitario con tanta precipitación por incorporar a nuevos países. Los líderes políticos afirman con gran sentido histórico (y también demagógico) que no se los puede excluir, y tienen razón. Pero la verdadera pregunta sigue en pie: ¿pueden dañar las prisas el excelente barco que es la actual UE? No parece probable, es cierto. Pero hay que admitir al menos algunos males previsibles: dificultoso funcionamiento de las actuales estructuras, mayor desequilibrio interno, probable ralentización del crecimiento conjunto, etcétera. Con la penosa consecuencia de que pueden ser muchos más los desencantados que los entusiasmados. Sin una Constitución que nos ordene, regule y encamine, más allá de las buenas intenciones, la UE podría estar creciendo hacia su propia hipertrofia. Es el mal camino. El bueno exige rigor organizativo, una Constitución común y unos órganos de gobierno eficaces. Sólo así la UE podrá ampliarse y crecer en voz, vigor y peso en el mundo.