Modelo de ciudad

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

01 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ESCUCHABA un concierto, era al atardecer, en un moderno auditorio del palacio de congresos recién inaugurado. Visitaba los antiguos edificios industriales convertidos en museos temáticos. Había un acuario; paseaba por el antiguo puerto -en desuso tras construirse el puerto exterior- convertido en zona residencial, de ocio, de cultura. Las grúas, los viejos barcos y gabarras eran entonces piezas de museo que competían con las esculturas modernas. Era Rotterdam hace veinte años. Nos mostraban el modelo de ciudad que era objeto de estudio para los que asistíamos a aquel seminario. Así, en Rotterdam, en Baltimore, en Londres, se perfiló el modelo de ciudad postindustrial. Las ciudades -se decía- han de competir como las empresas, han de hacer su marketing para atraer clientes, es decir, turistas, congresistas, inversores. Así se desarrollaría la ciudad de servicios en una sociedad terciaria. Y la ciudad terciaria quería sustituir a la ciudad industrial que entonces no era competitiva. Y la fórmula se aplicó en todas las ciudades. Frentes marítimos recuperados, espacios portuarios reutilizados, palacios de congresos, teatros, grandes hoteles, muchos museos, acuarios si eran litorales, y los centros históricos degradados, rehabilitados y revitalizados. Era una nueva realidad urbana. Y la arquitectura al servicio del marketing a veces también era bella. Hoy la transición postindustrial ya está dando paso a otro modelo de sociedad y de ciudad. Y las ciudades, al menos alguna, quiere volver a recuperar su papel de espacio creativo, innovador, de libertad. Una ciudad multicultural, tecnológica, del conocimiento, una ciudad que quiere reforzar su identidad. Y es en esa identidad diferencial, culta e innovadora, estética y creativa, con lo que las ciudades compiten. Barcelona lo está haciendo y, al igual que en el modelo anterior, fue una de las que dieron el primer paso. Valencia quiere seguirla, y Madrid, y Bilbao. En las otras el modelo de ciudad es ya un objetivo alcanzado -salvo las que se quedaron atrasadas- y como todas tienen lo mismo, las ventajas para competir han quedado anuladas, salvo que se ayuden de otros factores. La ciudad que viene es menos desarrollista y más culta, menos congestionada y más sostenible, más innovadora y menos provinciana, más internacional y menos localista, más ecológica y menos ciudad. Y aquí está la paradoja. Ser más ciudad -más grande, más alta, más llena- no es ser mejor ciudad. Aunque algunos aún no diferencien la cantidad de la calidad y sigan pensando que la ciudad se acaba donde el campo empieza. La ciudad del siglo XXI es otra ciudad, una ciudad del espíritu.