HACE CASI UN AÑO que la costa se tiñó de negro. Hace casi un año que vi atónito cómo el chapapote llegaba denso a las otrora rosáceas rocas de Camelle. Hace casi un año que no había vuelto a disfrutar de la Costa da Morte. Aquel día permanece aún fresco en mi retina. Fui incapaz de borrarlo, aunque hubiera querido hacerlo. Y de mi corazón tampoco. Pero hoy, casi un año después, no cabodano, me he atrevido a volver. El retorno fue alegre, vital, profundo. A la vista, en las arenas de la costa -en Balarés, en Soesto, en Traba, en Leis, en Muxía, en Estorde, en Langosteira- todo está igual que antes. En las furnas, en los acantilados, en las rocas se ven aún restos -igual que en Caión, en Ézaro o Lires- pero quiero pensar que el sonoro fungar del mar atlántico acabará la tarea de manera involuntaria, al igual que los voluntarios la empezaron. Fueron aquéllos momentos tristes y emocionantes para los gallegos. Fueron momentos que entraron a formar parte de nuestros relatos de viejo. Fue un capítulo brutal de nuestra novela marina; de ese argumento que a todos nos une con el mar. En la Costa da Morte todo sigue igual a la vista. El fondo no lo puedo ver. Pero ese «todo sigue igual» se aplica también a otros ámbitos donde su atribución es menos positiva. Igual de mal muchas carreteras locales, igual de contaminante -virtual y acústicamente- la sobrecarga de molinillos (y me dicen que aún podrá incrementarse); igual la población envejecida; igual los jóvenes sin empleo; igual los que vuelven a emigrar a Canarias -algunos volvieron mientras cobraron las subvenciones-; igual -por tanto- la falta de empleo; igual el feísmo de los pueblos, en algunos el feísmo es superlativo; igual la armonía urbana de Corcubión o la belleza arquitectónica de Cereixo; igual el desorden o el descuido urbanístico de tantas fachadas urbanas; igual los humeantes vertederos de San Adrián, de la punta de Laxe, de Muxía, de Cee, de O Roncudo, de Muros, de...; igual la falta de iniciativas empresariales (algunas llegan de fuera); igual también la escasa imaginación y eficacia de los políticos locales (algunos ya pasaron por todos los partidos); igual la falta de disciplina urbanística; igual la esencia de una verdadera acción de desarrollo en la zona (apenas retoques superficiales); igual de baja la formación tecnológica y la acción formativa innovadora; igual la falta de una promoción turística de alcance; igual los localismos (ahora se pelean por el parador de turismo prometido); igual la dificultad para ponerse de acuerdo los políticos locales bajo una mentalidad solidaria, con una visión comarcal (siguen con la retahíla de poner un poco de todo en todas partes, y nada para todos en un solo lugar); todo -en fin- sigue igual que antes, demasiado igual; sólo que ahora cuando se acaban las subvenciones -en las que muchas familias encontraron un maná inesperado y a veces abusivo- se vuelve a mirar con desesperanza hacia el futuro, también con la misma desesperanza de antes. Menos mal que nuevas inversiones y subvenciones se anuncian, aunque éstas rara vez sirven para promover cambios estructurales, que son los que estas comarcas precisan. También igualmente hermosa, desafiante, atractiva, distinta, sigue estando la visión del litoral, de una costa inédita cada vez que se contempla, de este patrimonio natural y cultural que es ya uno de los escasos recursos competitivos que a esta costa le quedan. ¿Nos daremos cuenta que es uno de los contados reductos naturales de la costa suratlántica europea? Un reducto de paisajes de ayer, de una cultura popular de ayer, de los mitos celtas de ayer, de los cultos rituales de ayer, de las leyendas de ayer, y las de hoy, porque la epopeya marina sigue escribiendo sus párrafos, aunque sean a veces doloridos recuerdos. Parque nacional del mar Un compendio de unos mundos de ayer que por serlo son los de mañana. Un legado que hemos de saber preservar -aunque con retraso aún estamos a tiempo, cada vez menos tiempo- para que los gallegos de mañana lo reciban. Este debería de ser nuestro parque nacional del mar: el parque nacional de la Costa da Morte. Y -como un acto espontáneo y voluntarista- me atrevo a pedir que todos los que piensen así me hagan llegar su adhesión a esta idea. Yo ya me apunté cuando lo escribí. Al menos así no todo seguirá igual; algo será distinto en la voluntad de ser.