LAS ENCUESTAS tienen el valor que quiera dárseles. Como las previsiones meteorológicas. Si te son favorables, les concedes gran importancia y planificas el fin de semana en la playa. Si, por el contrario, no lo son, pues dices que hay que esperar, mientras confías que la cosa mejore y dispones el bañador para darte un chapuzón. Los últimos sondeos para la jornada electoral del domingo no son favorables para casi nadie. El PP no alcanza la mayoría absoluta. El PSOE no gobernará. El BNG pierde varios puntos. Lo mismo que CiU y PNV. Y sólo reflejan un ganador, Carod-Rovira, que verá cómo su formación vive un espectacular avance. Lo que debe agradecer a quienes pretenden echarlo de la política. Pero las encuestas reflejan otros datos que son para tener en cuenta. La de Sondaxe que ayer mismo recogía este periódico nos asegura que la mayoría absoluta de los populares depende únicamente de 42.000 votos. Y lo que es más importante. Que más de un tercio de los gallegos se muestran indecisos. Un porcentaje ligeramente superior al del resto del Estado. Los indecisos vuelven a resultar definitivos. Su decisión va a estar basada en lo que en las últimas horas les ofrezcan. Aunque a nadie se le oculta que tras gran parte de ellos se esconde el voto vergonzante de apoyar a un partido que ha tenido episodios como los de Irak, o del Prestige , por encima incluso de la bonanza económica y de otras referencias intangibles. Lo que sí parece decidido es que el mapa electoral no sufrirá variaciones sustanciales. Queda pues por dilucidar una única duda. Si el PP va a disponer o no de la mayoría absoluta. O lo que es lo mismo. Si los populares van a verse obligados a retomar el estilo dialogante de la primera legislatura. O si, por el contrario, van a poder seguir haciendo una política similar a la de los últimos tiempos.