Galicia de morado

OPINIÓN

23 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

ESTE AÑO las flores de mi jardín tienen color morado, también las hortensias de la casa del vecino son de ese color, e incluso las azaleas de la carretera florecen moradas. No sé cuál será la causa, pero en mi percepción cromática Galicia esta morada. Un color que se asocia con el de los cadáveres, con los cirróticos, con un tiempo litúrgico y con el alivio de los antiguos lutos. Es siempre un color triste. Por eso me pregunto: ¿está triste mi país? Repaso la prensa de la semana y establezco las siguientes asociaciones. Primero, el llamado Plan Galicia. Hace una semana tendía al morado, hoy parece que no, pero no deja de ser triste seguir pensando que en un programa de infraestructuras reside la clave del crecimiento futuro. Tan triste como advertir que el maná de los fondos europeos está en cuestión y que, pase lo que pase, nunca llegarán tantos euros inversores como en estos últimos años. Con mirada triste concluyo que en muchos casos a esos fondos se les pudieron asignar fines mejores. Una política económica excesivamente proclive a las subvenciones y con escasa planificación está detrás de esta percepción. Otra nota de prensa me habla de la reducción de la ya bajísima proporción de inversión extranjera que llega a Galicia. De nuevo la mirada triste, tampoco ahora la estrategia de promoción económica de Galicia ha funcionado como debiera, más cuando los sectores endógenos emergentes lo son al margen de las políticas de incentivos aplicadas. Sigo pasando páginas del periódico y me encuentro con más datos: ocupamos niveles muy bajos en los índices de bienestar y de desarrollo; en la cualificación del mercado de trabajo, en la absorción de los jóvenes mejor preparados, en la incorporación de la mujer al mercado laboral... Por el contrario, ocupamos posiciones elevadas en los indicadores demográficos, pero son datos que tienen una lectura negativa: envejecimiento y falta de renovación generacional, bajo asentamiento de inmigrantes que van a ser probablemente la única salida a la necesidad de recomponer el balance demográfico; también estamos entre los primeros en la baja inversión universitaria y en la emigración de la población joven. Mirando así las cosas no es de extrañar que Galicia se vista de morado. Hay también muchas realidades que aportan pinceladas claras y luminosas: la internacionalización de nuestras empresas, la formación de multinacionales propias, el auge de los diversos tipos de turismo, la competitividad de los servicios y del sector manufacturero, el avance tecnológico de algunas actividades productivas, la mejora de las infraestructuras y equipamientos públicos, el potencial de nuestras universidades, de nuestros puertos, de nuestros aeropuertos, de nuestras ciudades, y un sinfín de datos que podrían añadirse. Gracias a ello, Galicia está más evolucionada que nunca lo estuvo, y lo que ayer parecía una ilusión hoy es una realidad. Pero no fue todavía un impulso suficiente, ni unos datos sirven para tapar o sustituir a los otros, porque si nos comparamos con los demás, que también crecieron y avanzaron, constatamos como no hemos sido capaces de abandonar los puestos de salida. Y si en estas décadas de bonanza económica, de posición privilegiada en las inversiones europeas, no hemos sido capaces de escalar más altas cotas, mucho me temo que el futuro nos deparará menos oportunidades. Tal vez por eso la Galicia de hoy se vista de morado. En todo caso, lo que parece necesario es cambiar la forma de percibir, de pensar, de planificar y de actuar de los poderes públicos y de los sectores privados, tan pegados a la cultura de la subvención como temerosos de asumir iniciativas innovadoras, y por eso arriesgadas. Una nueva cultura económica, una nueva política social, una estrategia demográfica distinta, un modelo educativo más integral, una política familiar más adaptada a la sociedad actual, un mercado de trabajo que absorba las generaciones de jóvenes más formados que Galicia nunca tuvo, una política medioambiental y territorial más sostenible y menos desarrollista, un escenario de país de tercera generación. Tal vez así el color morado se transforme en el azul de un pueblo con esperanza en el futuro y capaz de hacerse a sí mismo. Levanto la cabeza al horizonte y el denso azul del mar me sitúa ya en ese nuevo escenario. Por el mar ha llegado siempre el progreso a Galicia.