El pasado nunca existió

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

EL REFRANERO es contundente, dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. Mucho antes de Freud, la sabiduría popular dominaba las trampas mentales de la mala conciencia; acumulaba experiencia, que es la madre de la ciencia. Nuestros gobernantes presumen de actitud transparente, de ser como aparentan, cálidos, inocentes, bueniños, incluso vulnerables y frágiles. Ellas y ellos, con las excepciones de rigor, parecen una anomalía en el poder, un milagro entre la postmodernidad aterrorizada. Hasta hace pocos meses invocaban la memoria histórica como fuente totémica de todos los saberes; se suponía que ellos y sus antecesores podían presentar un historial heroico, mientras que sus oponentes serían desenmascarados por la ilegitimidad de origen, el eterno retorno de una guerra civil contada ahora por los vencidos. Y en esto llegaron las bombas del 11-M. Entonces las descalificaciones dejaron paso al miedo, los teléfonos móviles sonaron como activados por un agujero negro y los justos airados señalaron al adversario culpable del terror. Para completar la cacería, el más diestro en el oficio dirigió los estertores de la jornada de reflexión con el «queremos saber la verdad frente a un Gobierno que miente». Después todo fue simple aritmética de recuento. En la Comisión Parlamentaria del 11-M los gobernantes amables deciden con puño de acero; los coautores de la masacre, la conexión española del atentado, los que facilitaron las bombas, no saldrán al proscenio. Ni tampoco Rafá Zouhier, el confidente que dice haber advertido a quien correspondía del peligro presentido. La incógnita principal, el verdadero caso español, estriba en saber como fue posible que un presunto grupo islamista eligiera a colaboradores de los cuerpos de seguridad del Estado para llevar a cabo el atentado. Resulta extraño que Bin Laden y ramificados se hayan vuelto imbéciles, eligiendo la operativa con mayor riesgo de filtraciones policiales. Pero con el nuevo talante hemos topado, ya no son tiempos de voluntad de saber, ahora toca acuñar el conocimiento prohibido. A pesar de su anticlericalismo militante, se revisten de áurea bíblica, «el pueblo no comerá del árbol de la ciencia del bien y el mal». Reescriben la historia, los hechos han de ajustarse a las directrices apropiadas. También se aplican en la esfera económica. El vicepresidente del ramo reconvertirá las cuentas del Estado -que ratificó en su momento como comisario europeo- para mostrar que en el pasado no hubo ni superávit ni déficit cero, que ahora empiezan de verdad la prosperidad y el rigor presupuestario. De seguir así, acabaremos como en un limbo catatónico cercado por una muralla de espejos deformantes destinada a suprimir toda huella delatora. Y si el pasado nunca existió, no quedará más remedio que volver a la resistencia disidente, por la verdad al desnudo, como en los viejos tiempos. Al menos nos sentiremos rejuvenecer.