¿Y LA GUERRA? ¿Qué me dice usted de la guerra? El psicoanálisis no era materia frecuentada por el de la lógica difusa, pero por algún lado había que salir, y después de una breve pausa, afirmó: La guerra es la máxima expresión de la estética de la dureza y de la virilidad. Si Freud ya vió en la lanza un símbolo fálico, figúrese usted lo que para algún reprimido puede simbolizar un misil. Un falo volador que penetra donde y como quiere... Un cuervo joven que llevaba un piercing en el pico y una pegatina de Nunca Máis en el ala izquierda preguntó medio en broma: ¿Esa lógica difusa que usted enseña en la universidad puede explicar que a mí me hayan suspendido en unas oposiciones a guardia municipal en A Coruña por no saber suficiente inglés para orientar a los turistas, y quien tiene que acudir un día sí y otro también a cumbres internacionales pueda no saber ni decir please to meet you o bon jour ? Corvus pensó que el ambiente ya nada tenía que ver con la hermenéutica y cortó la discusión. Los cuerpos redactaron el informe en inglés dejando la palabra talante en castellano y en la factura advirtieron al Brain Trust que el 20% del importe total de los honorarios debía ser pagado en dinero negro. Era una exigencia de los confidentes. Selecciones autonómicas de fútbol Un amigo catalán había sugerido al Cuervo la conveniencia de promover las selecciones de fútbol autonómicas. El nuevo patriotismo, decía el catalán, pasa por ahí: por el espectáculo y, ¿por qué no?, por el business . Corvus tenía sus dudas y para resolverlas decidió volar a Alvedro y discutir la cuestión con un experto como era Vituco Leirachá. Como no podía suceder de otra manera, nada más empezar a hablar del asunto, Vituco y el Cuervo recordaron aquella selección gallega que en el año cuarenta había propuesto José Luis Bugallal -el primer académico gallego que no tuvo reparo en escribir de fútbol- y que tenía la delantera más eufónica de cuantas en el mundo han sido: Chicha, Machicha, Chas, Chacho y Chao. El Celta ponía el ala derecha y el centro. El Deportivo el ala izquierda. Chas era la fuerza, Chacho la finura irrepetible... pero también la desidia desesperante. Se acordaron de la frase con que Maratón -el pseudónimo que usaba Bugallal- terminaba sus crónicas cuando, como entonces era bastante habitual, el Deportivo salía derrotado de un encuentro: Ay, Chachiño, si tú quisieras ... En esas nostalgias andaban cuando Corvus se dió cuenta de que faltaban pocas horas para la Gran Fecha. Además el Patrón se había cambiado de casa y sería más difícil colarse sin ser visto. El Cuervo voló a Santiago, se hizo con unos planos del gran edificio que Gallego Jorreto había construido para el Patrón en Monte Pío y en el tejado del Centro de Estudios Avanzados -¿hay alguien que sepa en qué consiste eso?- que la USC mantiene en Vista Alegre e instaló un puesto de observación. Durante todo un día con su noche se dedicó a controlar puertas y ventanas, entradas y salidas, usos y costumbres de la nueva casa del Patrón. Se extrañó de que toda una tarde-noche la casa estuviese vacía pero más se extrañó cuando le explicaron la razón: ¡El Patrón se había ido al Monte de Gozo a un concierto de rock! Al ver en una fotografía al Patrón y a Bob Dilan abrazados, Corvus pensó que quizás hasta fuese cierto el rumor que le habían contado de que el Patrón se había echado novia. Y también pensó que a pesar de la desacralización del Xacobeo, el Apóstol seguía haciendo milagros. Los joseluises Al anochecer del tercer día, Corvus se coló por el tragaluz que daba acceso a lo que parecía un gran despacho. Cuando se adaptó a la penumbra, lo primero que advirtió fue que las alfombras de la estancia estaban completamente cubiertas por unas extrañas partículas blancas. El cuervo pensó que se trataba de virutas, pero al cogerlas con el pico se dió cuenta de que eran pétalos. Levantó la vista y en una esquina del salón, iluminado por una luz baja, vió al Patrón sentado ante una gran mesa. Una y otra vez ajustaba las gafas que se le deslizaban sobre la nariz, miraba atentamente algo que tenía entre los dedos y movía los labios con el ritmo de quien recita una letanía. Cuidando de no ser visto, el Cuervo se acercó y se dió cuenta de lo que ocurría: ¡el Patrón estaba deshojando una, dos, tres... cientos de margaritas! Afinó el oído y pudo entender lo que el Patrón iba diciendo cada vez que arrancaba un pétalo y lo leía: Alberto, José Manuel, Alberto, José Manuel, Alberto, José Manuel... Así estuvo un largo rato hasta que, al arrancar un nuevo pétalo, el Patrón se detuvo y con gesto contraído leyó: José Luis. Corvus pudo oír claramente cómo el Patrón se preguntó: ¿Cuál de los dos será? ¿El de la Terra pide Pobo o el de Cuarta Pata? Pero pronto comprobó que se trataba de una falsa alarma: las margaritas seguían diciendo: Alberto, José Manuel, Alberto, José Manuel... El Patrón no se rendía. Su intuición le decía que alguna margarita más sabia y providente que las otras rompería aquel empate obsesionante. Llevaba media hora con la misma cantinela cuando una margarita, en nada diferente hasta las entonces escrutadas, introdujo un nuevo nombre. Con aire entre satisfecho y preocupado, el Patrón se quedó un rato mirando fijamente el pétalo que acababa de arrancar y dijo: D. Manuel. Desde ese momento, todas la margaritas siguieron diciendo: D. Manuel, D. Manuel, D. Manuel ... El Patrón se quitó las gafas, se restregó los ojos y con los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos estuvo así un breve rato. Después se levantó y lentamente se dirigió hacia un gran espejo que había en el fondo del salón. Allí permaneció mucho tiempo quieto, callado, mirándose fijamente a los ojos. Corvus estaba alucinado. Los espejos eran algo que siempre le había dado que pensar. Por propia experiencia sabía que el espejo era un instrumento imprescindible en la adolescencia. Cuando dentro de nosotros se inicia la aparición de un yo hasta entonces inexistente nos sentimos desconcertados y desconocidos para nosotros mismos. Para intentar reconocernos necesitamos poder vernos desde fuera. Ponernos y hacer muecas delante de un espejo. Mirarse en un espejo, escribir un diario y contar con un Dios amigo y cómplice, pensaba el Cuervo, son las tres grandes ayudas para poder afrontar sin trauma grave la experiencia y la sorpresa que supone la llegada del yo, la inauguración de la intimidad. Pero ahora quien se interrogaba ante el espejo no era un adolescente. Era un hombre curtido en mil batallas. Corvus no pudo evitar un mal movimiento y el Patrón se dió cuenta de que estaba siendo observado. Contra lo que el pájaro temía, el Patrón acogió al intruso con agrado. Con gesto amable, invitó al Cuervo a acercarse a la mesa de trabajo. Allí le enseñó montañas de papeles, gráficas y números que hablaban de gigantescos puertos exteriores, de trenes tan rápidos que llegaban al destino casi antes de partir, de granjas marinas en las que rodaballos y salmones nacían y crecían a ritmos nunca vistos, de una lluvia millonaria de préstamos y de exenciones tributarias. Era el por muchas razones famoso Plan Galicia. Por un momento el Cuervo, que siempre había sido un contreras, no pudo evitar pensar en Bienvenido Mister Marshall, pero pronto reconoció que la ilusión del Patrón era tan legitima como comprensible, y así se lo manifestó.El Patrón, que aquel día se había levantado con buen pié, correspondió a la amabilidad del pájaro preguntándole por algo que echase en falta en el Gran Plan. Los gustos y la distinción El Cuervo le dijo: mire Patrón, a mí la estrategia general me parece bien. Galicia es ya una marca conocida y de algún modo respetada. Los gallegos se reconocen como tales y ya no andan por ahí avergonzados de su acento o de no ser capaces de captar la diferencia que hay entre decir vine o he venido. Nadie puede negar que usted ha hecho mucho porque eso sea así. Pero creo que a pesar de tanta fiesta, tanta enchenta, tanto folklore y tanta autocomplacencia, hay bastante gente a la que le gustaría ser gallegos de otro modo. Pienso que a partir de ahora no habría que esforzarse tanto en ser distintos como en ser distinguidos. Falta poco tiempo para que la obsesión de la identidad deje paso a la procura de calidad y de ilustración. Lea usted, por ejemplo, algo de lo que se dice en Ten que doer . ¡Incluso un bloqueiro, ciertamente un tanto atípico, echa de menos valores relacionados con la transcendencia! Algo puede estar empezando a cambiar. Al Patrón los cuervos siempre le habían parecido una especie elitista y un tanto pija -sólo vestían de negro, leían y comentaban a Cunqueiro, no se hablaban con las gaviotas desde que éstas habían preferido la fast-food de los estercoleros al riesgo y a la belleza de buscar su alimento en las rompientes del océano-, pero se interesó en el tema y preguntó al Cuervo qué entendía por distinción. Aquí, contestó el Cuervo, nadie habla ni se preocupa de aquéllo que hacemos «por gusto». De lo que no tenemos que hacer por necesidad o por obligación. Los gustos son el índice más seguro de la distinción y los que dan calidad a la vida social. Ahora todo el mundo condena ese Feísmo generalizado que va a marcar al país por mucho tiempo, pero pocos se ocupan de indagar por qué se ha producido. El problema de los gustos es que no tienen mucho que ver con el capital escolar o académico. No se aprenden en la escuela o en la universidad. Sino en el hogar o en algunos círculos de iniciación. El Cuervo notó que su discurso estaba aburriendo al Patrón, quien en ese momento no había podido evitar un comienzo de bostezo. El Corvus quiso hacerse el ingenioso y dijo: Patrón, cuando al bostezar se abre la boca, ¿el sueño entra o sale? ¿Usted que cree? El Patrón le dijo que él no podía perder su tiempo en greguerías y dió por terminada la entrevista. Corvus no lo dudó. Levantó el vuelo, enfiló el tragaluz y se volvió al Centro de Estudios Avanzados. El estruendo de una bombas de palenque hizo salir al Cuervo de su sueño. Era madia mañana y estaba en la Herradura. Abandonó el frondoso roble en el que había pasado la noche, se dió una ducha en un estanque y después de saludar a las Marías entró en una barraca a desayunar chocolate con churros. En la Voz de Galicia leyó que ese mismo día le imponían la Medalla de Ouro de Galicia a quien desde hacía muchos años cuidaba de su corazón. Se alegró al comprobar que al país podía andar fallándole la estética, pero no la justicia.