NO HAY ciudad en Galicia con más premios urbanísticos que Santiago, no hay centro histórico en Galicia en el que la administración regional y nacional hayan volcado más medios, no hay otra ciudad a cuya promoción se haya dedicado tanto esfuerzo, tanto dinero y tanto empeño. Tampoco hay otra ciudad histórica y monumental que tenga el valor arquitectónico, el significado, el atractivo y la magia que Santiago tiene. Por eso hasta aquí la ecuación está bien planteada. Sin embargo en los últimos tres o cuatro años somos muchos, visitantes y residentes, los que empezamos a preocuparnos por lo que está empezando a pasar. Por un lado un programa de rehabilitación que no logra detener la decadencia funcional, el vaciado residencial ni la inseguridad. Parece como si el centro histórico se estuviera convirtiendo en una ciudad-museo, en una ciudad escaparate, en una ciudad para los turistas y para los excursionistas, que aquí llaman peregrinos. Tampoco la política turística local parece la más adecuada. La propaganda se impone a la realidad, y así la ciudad histórica ve como se anticipan las fases conflictivas del ciclo turístico vital de los centros históricos, sin haber alcanzado aún las cotas máximas de efectos positivos. La masificación, la vulgaridad, la baratija se adueñan de las preciosas calles y plazas compostelanas. Tampoco las ideas del cabildo catedralicio, siempre a su aire, me parecen las más oportunas y, mientras el gran templo-santuario es más un mercado dominguero que otra cosa, la falta de respeto a lo que la catedral es y representa es motivo de tristeza para muchos compostelanos de siempre. A todo ese panorama se añade el jacobeo diario, cuyos escenarios rompen día a día la armonía del conjunto, la intimidad de los espacios, el mágico halo de la ciudad. Ahora una proyección nocturna sobre las paredes de la catedral y los fuegos artificiales añaden un nuevo elemento de debate. Muchos amigos de otras regiones españolas, que han pasado por aquí estos días, me dicen que ellos mismos sienten un escalofrío al constatar como se profana la atmósfera metafísica de la ciudad, a cambio de una trivialización, de una banalización de los valores urbanos, en donde el marketing está sustituyendo a la cultura urbana. Ellos ya no encontraron esa atmósfera que esperaban hallar y que en otras ocasiones les había subyugado. Masificación, algarabía, frivolización son apelativos que unos u otros aplican. Hubo uno, navarro noble y veraz como son los de esta tierra, que pronunció la palabra temida: «están convirtiendo a Santiago en un parque temático». Que los mayores peligros de las ciudades históricas son la terciarización funcional, la conversión en ciudad-museo, y la transformación en parque temático es una sentencia común entre especialistas. Lo preocupante es que todos estos síntomas están ya presentes en Compostela. Habrá que pensar si la política urbanística, la política de promoción turística, y la propia política del cabildo están dando los mejores resultados. Tal vez sea necesaria una profunda reflexión crítica, un despertar de la conciencia social. Santiago, la ciudad, la catedral, los monumentos y las plazas merecen un mayor respeto, una actitud filosófica más profunda, más culta, más trascendente en el tiempo y en la utilización de los significados. Máxime ahora cuando los parques temáticos españoles, todos menos uno, están proporcionando resultados negativos.