SIN SER capital de provincia, como Pontevedra, ni de la comunidad autónoma, como Santiago, ni del reino liberal de Paco Vázquez, como A Coruña, la ciudad de Vigo se ha convertido en el centro de la zona más dinámica de Galicia, que, además de crecer ella misma, dinamiza y hace crecer todo lo que toca: Baiona, Nigrán, O Porriño, Ponteareas, Redondela, Moaña y Cangas, con notables ramificaciones hacia Marín y Pontevedra. Esa es la Galicia que crece, y la que nos salva del bochorno en todas las series estadísticas. Su renta per cápita no sube, como la del interior, porque disminuye el divisor, sino porque aumenta el dividendo, y porque, lejos de haber confiado su futuro a la Administración, a las jubilaciones y a los subsidios, depende sólo del trabajo, del incremento de su población, de la inmigración y la iniciativa empresarial. En este diagnóstico, perceptible a simple vista, coincidieron también, durante la semana pasada, el Ministerio de Transportes, que acaba de corregir al alza sus previsiones para la ampliación de un aeropuerto que va camino de convertirse en el primero de Galicia, y el Instituto Galego de Estatística, que acaba de confirmar el dinamismo, comparativamente elevado, de la costa pontevedresa. Pero lo más curioso de cuanto sucede en Vigo no está en sus cifras, sino en el hecho de hacer coincidir este milagro con un desgobierno palmario, y sin que ninguno de los políticos que pelean por el poder de Galicia se atreva a apadrinarlo. Barreiro juega por Lugo, Núñez es tecnócrata, Vázquez coruñesista, Cuíña ruralista, el BNG estructuralista-compostelano, Pérez Touriño es institucionalista vigilado, la Iglesia anda por las nubes, los financieros por el Cantón Grande, el sistema mediático crece por el Norte, el sistema universitario está desparramado, y Fraga juega über alles . ¿Y Vigo? Pues, al margen de las evoluciones de Corina Porro, Pérez Mariño y Pérez Castrillo, sólo puede confiar en los trabajadores de Citroën, los de Rodman, los de Pescanova, los del Berbés y su flota, y los de mil pequeñas y medianas empresas que la hacen populosa y rica. Pero es obvio que esto no puede seguir así. Alguien tiene que gobernar la fabulosa ciudad de Vigo desde su Concello, desde la Xunta y desde el Estado. Y alguien tiene que decir que Galicia no puede seguir invirtiendo sus recursos, de forma improductiva, al impulso de los políticos que confunden el crecimiento con el lujo y la riqueza con el dispendio. Si Vigo es la que tira del país, tendremos que responder de sus necesidades. Porque Galicia no puede seguir más tiempo -lo dijo Fernández Moreda- gastando en vez de invertir, y trabajando los votos en vez de trabajar el futuro.