LOS MUERTOS se acumulan por encima de cualquier previsión, pero el presidente Bush ha hecho ya su apuesta sin retorno: aceptar y ganar el desafío planteado en Irak. Por eso se ha rodeado (todavía más) de halcones y duros que no tienen la menor duda sobre el acierto estadounidense de ir a combatir el terrorismo internacional en el país que dirigía el hoy prisionero Sadam Huseín. Las cosas se han puesto tan mal que Bush sólo quiere a su lado a los más convencidos de que es imposible una adversidad inasumible o para la que EE.?UU. no tenga una respuesta contundente. En éstas estamos. Por ello quizá se equivocan quienes ven en sus nombramientos una involución democrática, como si Bush, una vez mejorada su posición electoral, se dispusiese a darle una vuelta de tuerca más a su revolución neoconservadora. Creo que los designados responden preferentemente a la necesidad de zanjar la posguerra en Irak con una salida que suponga, si no una victoria aplastante, sí un éxito de la democracia americana en la lucha antiterrorista. En este sentido, confirmar al pretencioso Donald Rumsfeld al frente del Pentágono no es más que una apuesta por la continuidad, en un momento muy difícil que parece desaconsejar toda mudanza. Estoy tan convencido de que es así que no me sorprendería que asistiésemos en tiempos no lejanos a la confrontación de Bush con ultraconservadores republicanos de rancia estirpe militarista. Bush ya chocó con ellos estos días al plantear la ley para designar un director de la Inteligencia Militar que coordine los 15 organismos de espionaje. Los ultras no quieren nada que pueda debilitar la capacidad militar del Pentágono. Están convencidos de que acabaron con la URSS precisamente porque fueron capaces de provocar una carrera armamentista que sólo EE.?UU. podía resistir. Ahora siguen queriendo lo mismo: un país sin necesidad de nadie para defenderse y vencer en cualquier circunstancia. Bush se apoyó siempre en ellos, pero sabe que su belicismo es el mayor generador de antiamericanismo. Sin embargo, todavía los sigue necesitando, al menos mientras Irak sea el grandísimo desafío, el gran reto de EE.?UU.