ESTOS DÍAS ha vuelto a la actualidad la organización de regiones y ciudades que en su momento, hace ya trece años, se denominó Eje Atlántico. Un término confuso en el inicio, por cuanto con una perspectiva metropolitana el verdadero eje atlántico iba desde A Coruña a Lisboa, y no sólo se circunscribía al subeje Vigo-Porto. Pero en cualquier caso constituía una excelente iniciativa. Desde entonces ese término se ha ido aplicando a otros proyectos, como al eje atlántico ferroviario del Plan Galicia, o al que desde Ferrol a Vigo se desarrolló a lo largo de la autopista. Fuera de nuestras latitudes se aplica al conjunto de los territorios y ciudades de las regiones atlánticas del occidente europeo, desde Irlanda hasta Andalucía. Incluso en la Eurorregión es ahora una organización de ciudades que buscan una estrategia común de cooperación para obtener fondos europeos, sean del eje atlántico o del interior. En la primera estrategia, en el eje atlántico inicial, la ciudad que jugaba a ser el epicentro era Vigo; en esta nueva versión, el mismo papel lo pretende Ourense. En todo caso, la filosofía de los ejes de ciudades es una formulación francesa de los años sesenta reavivada en los ochenta por la unificación europea y el rediseño del mapa de ciudades e infraestructuras para una nueva ordenación del territorio. Con esta óptica, los ejes eran espacios para la cooperación entre ciudades próximas que, mediante un efecto de suma, pensaban obtener ventajas de las economías de escala, ya que entonces el pensamiento de la competencia entre ciudades se asociaba al tamaño de las mismas, de modo que cuanto mayor fuera la masa crítica urbana mayores eran también las posibilidades de competir. Bajo esta perspectiva, las ciudades medias debían establecer alianzas estratégicas para obtener las ventajas competitivas que cada una por sí sola no tenía. Pero esas filosofías urbanas han ido quedando obsoletas, como ineficaces los planes estratégicos que sobre ellas se sustentaban. A comienzos del siglo XXI, la filosofía ha variado. Las estrategias de ciudades ya han abandonado la idea de la competición, a favor del posicionamiento de cada ciudad en el sistema mundial de ciudades en base a su calidad y a los valores que representa. A la vez las asociaciones de ciudades se organizan en redes donde la proximidad espacial ha dejado de tener la importancia de antes. Por eso las construcciones mecanicistas, como el eje atlántico, ya han perdido parte de su virtualidad, lo que no quiere decir que no puedan seguir siendo interesantes para objetivos concretos. Los caminos de las ciudades van ahora por nuevos derroteros, que por cierto son más razonables y dotados de contenidos más amplios que el mecanicismo espacial y funcional. Sin ser opciones excluyentes, porque cada ciudad debe decidir cuál es la que mejor conviene a sus características, para las ciudades gallegas con posibilidades de internacionalización lo verdaderamente estratégico es posicionarse en el sistema mundial de ciudades, y para ello cada una ha de reflexionar sobre sí misma, replanteándose el mismo modelo de ciudad, porque el camino de la globalización ha abierto para las ciudades medias nuevas oportunidades y tal vez tenga mayor valor estratégico posicionarse, por ejemplo, en China que en el eje atlántico.