NUESTRO PAÍS es propicio a los extremos. No es preciso hurgar en la historia para confirmarlo. Avanzamos a fuerza de bandazos. Del centralismo a la autodeterminación, del Estado confesional a un laicismo rampante, del todo por la Patria a la erradicación del término. La constitucional bandera de España se pierde en una floristería. Y el llamado himno nacional suena casi sólo en competiciones deportivas internacionales. Símbolos comunes se diluyen y religiosos se frivolizan. Se busca más la distancia que lo que aproxima en cuestiones que, por ser de Estado, requieren una coincidencia desde el legítimo pluralismo. En política sobre el terrorismo, el Gobierno prefiere, antes que al PP, a sus aliados ordinarios, que le abandonan en la votación de la Constitución europea. Los últimos atentados no justifican, precisamente, la prisa habida para forzar un acuerdo en el Congreso, al margen de la unidad invocada en él. Se produce fractura en la sociedad, por no adoptar una solución que salve la institución del matrimonio y regule los derechos derivados de otras situaciones personales. Procurar lo que es común, no es uniformar. Ahora que ha comenzado un proceso, que tiende a generalizarse, de reforma de los Estatutos de autonomía es imprescindible, incluso por exigencia de las mayorías requeridas, encontrar lo que es común entre las diferentes propuestas. Al tiempo que se lleva a cabo esa tarea es también momento de reivindicar la noción de patria común , incluida en un muy ponderado artículo 2, que es arriesgado tocar sin que se rompa el equilibrio. La Constitución ha de tomarse en su integridad, mientras no sea reformada. La primera palabra, su sujeto podría decirse, es España. Como Reino de España es conocida en el concierto internacional. El título del Jefe del Estado es Rey de España. Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España, se dice literalmente en el artículo 30. La configuración del Estado autonómico, con sus hechos diferenciales internos, de un lado, y la antítesis hacia el régimen político anterior ya lejano, de otro, hace difícil la manifestación de sentimientos patrióticos, que son de curso normal en países de larga tradición democrática. Resistencia a entender, en su adecuado alcance, que las Fuerzas Armadas, no vinculadas a una guerra civil superada, tengan por misión garantizar no sólo la soberanía e independencia de España, sino también defender el ordenamiento constitucional. Símbolo de la unidad del Estado es el Rey, por encima de opciones partidarias. Asume las más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales. Acabo de comprobar su positivo ejercicio en una reunión con cuatrocientos rectores de universidades iberoamericanas en Sevilla. Había más que respeto y admiración. Se erigía en símbolo para la comunidad iberoamericana de naciones, que trata de construir un espacio común de educación superior, desde el multiculturalismo y las propias identidades. Porque somos muy conscientes de la diversidad, hemos de esforzarnos por buscar y mantener lo que nos es común. Fogar de Breogán en una amplia casa, donde nos sintamos cómodos.