El escritor, premio Planeta y premio Nadal, convierte su separación de Ana Merino en una novela de amor. Ese divorcio ocurrió en la cocina, y este es un aperitivo de la visita del autor a Galicia la semana que viene
20 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Un Camus desesperado de amor por María Casares, o una lady Whistledown en sus mejores crónicas para la extravagante sociedad de Los Bridgerton se marca el poeta y novelista Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962). Con él emprendemos un viaje de vuelta del duelo al amor en Islandia, novela volcánica de una separación «a la nórdica»; es decir, más fría que visceral, una despedida no de mutuo acuerdo, sí de mutuas elegancias que trazan el camino de una pareja rota a dos ex que viajan juntos a la redención.
Islandia es el comunicado oficial de un divorcio que se decidió en la cocina, del fin de la relación de Manuel Vias con la escritora Ana Merino. Una noche, tras 11 años juntos, ella le dio por teléfono una de las exclusivas más triste de su vida: «Ya no estoy enamorada de ti». Esa frase define a un tipo de persona. Vital, sincera, con padres con casa en la que ir a cobijarse, con un firme sentido de la verdad y de la honestidad en el amor. Islandia es el viaje de una pareja a su fin, un final que responde a los principios que sostienen la amistad.
—Se le da bien la elegía. De «Ordesa» a «Islandia» vamos de su mano, por el sendero sin asfaltar del dolor de perder a la gratitud de haber tenido y recordar.
—Soy elegíaco, sí, en el sentido de guardar memoria de lo que he perdido. En la vida esto es algo que ocurre. Conforme vamos viviendo, nos vamos dando cuenta de que somos memoria. Esa memoria alimenta todo lo que hemos sido. La literatura tiene una forma de cuidar esa memoria: contarla. ¿Para qué vinimos a la Tierra?
—No lo sé. «El hombre en busca de sentido»...
—Hombres y mujeres en busca de sentido. Todo en mis novelas acaba yendo allí: ¿a qué hemos venido? Yo no aporto soluciones, comparto lo vivido.
—«Ya no estoy enamorada de ti» le dice su ex, marcando un maravilloso antes y un demoledor después en su vida. ¿Fue así, literal y por teléfono?
—Sí. Es una frase que alguna vez en la vida dices o te dicen, que acabarás diciendo o te acabarán diciendo... La historia se constituye en torno a esa frase que parte en dos el mundo del narrador, un ser humano con el corazón roto que no tiene donde acudir sino a esa frase. Esa frase es lo que han dejado tras el matrimonio que fueron y ahora queda lo que buenamente él pueda reconstruir.
—Su marca de autor está aquí: la conciencia de clase, el origen humilde, el saber que el mundo se divide entre los que no pueden irse a casa de sus padres en busca de consuelo y los que resuelven la situación con un «me voy a casa de mis padres». ¿La orfandad y el estatus determinan dos formas de ser, de vivir y de amar?
—Efectivamente, eso está en la novela. Hay un momento en que él quiere irse, pero no puede irse a casa de sus padres, porque sus padres están muertos. Algo en que la gente no suele fijarse es que la novela está dedicada a sus padres muertos [los del propio Manuel Vilas]. En la dedicatoria no se fija nadie, y es importantísima. Ellos están en el libro.
—Esa ausencia de sus padres es un latido recurrente. Muy especial ese momento en el que recuerda que, cuando pedía que durmieran con usted de niño, su padre soltaba: «Le dije que sí al cura para dormir con tu madre, no contigo». Casi lo podemos oír...
—Yo tenía miedos nocturnos. Y mi padre me decía cosas que yo no entendía, pero se me grababan ahí en el cerebro. Una vez fue eso: «Yo le dije que sí al cura para dormir con tu madre, no contigo». Se tarda años en comprender las frases, la sabiduría de los padres.
—¿Llegó a hacer el viaje «de la discordia» a Islandia, ya separado de su mujer?
—Lo hicimos, sí.
—Aterrador...
—No, no lo fue. El viaje real fue placentero y también fundamental en el paso del divorcio a la amistad que tenemos hoy. Islandia es un país extraordinariamente bello y simbolizaba un país emocional para nosotros. El lugar de «va a seguir habiendo amor entre nosotros, será el amor de la amistad». Eso ha ocurrido. Somos íntimos amigos; de hecho, hablamos todos los días. Ayer la llevé a casa, por ejemplo... Esto es posible. Tras un divorcio hay amor.
—Escribe: «La culpa es un vínculo más fuerte que el amor». ¿Ha querido señalar esta verdad incómoda?
—La novela tiene algo de pedagogía social, de señalar un camino posible en un divorcio, que es el de la amistad. Yo lo he vivido. Me parece un camino más sano que el rencor, y depende de la inteligencia emocional de los cónyuges. Yo quise mostrarlo en la novela con humor. Si dos personas se han amado de verdad (de verdad, eh, que puede ser que no se hayan amado...), es difícil que haya odio aunque se separen.
—¿No es esta una novela de venganza, sino sobre todo un viaje de redención?
—Claro, yo no podría hacerla desde la venganza. Tengo una confusión entre la verdad y la novela. Yo cuento lo que me pasó, como siempre... ¡A mí esa relación entre vida y literatura me da la vida! Y es un ofrecimiento al lector. Me dicen «¿a quién le importa tu divorcio?». «A nadie, pero si a alguien puede servirle lo que conté...». No te imaginas la cantidad de gente que me cuenta su divorcio tras saber del mío...
—Ha logrado convertir su divorcio en una novela de amor. ¿Correcto?
—Sí. Está muy bien. Sí, esta es una larga carta de amor. Yo he vivido en un huracán emocional, porque tras el divorcio con Ana Merino yo sí que he sentido que había sido uno de los seres más afortunados del planeta por haber tenido 11 años la compañía de alguien tan excepcional. No volveré a ver a nadie como ella. Yo he tenido esa suerte 11 años. Esta novela nace de ella y después de haberlo pasado muy mal... Hubo una gran depresión.
—Es otro de los territorios complejos de esta novela, está muy contada en detalles sencillos, del día a día. ¿La depresión es una incapacidad para lo cotidiano, para vivir como lo hace la gente a diario?
—Al deprimido todo lo cotidiano le parece un abismo. El deprimido no sabe ni lavarse los dientes, no sabe para qué sirve la ducha... Yo me salvé escribiendo la novela, y con terapia, claro.
—Deja claro esta novela que el divorcio unilateral no es un camino de rosas, pero al leer este libro es fácil pensar: «Ella le dejó por el teatro, usted a ella la superó con esta novela».
—Empecé a escribir la novela el día siguiente a la noche en que me dijo la frase. Ella dijo: «Adelante, sigue escribiéndola». Vio que me hacía bien escribir...
«Decirle a tu marido, o tu mujer, que te vas de fin de semana a trabajar e irte con otro me parece asqueroso. Mentir a la persona que quieres es una guarrada, y el que miente se destruye»
—¿Le dio permiso para contarlo?
—Sí, si no yo no habría podido hacerlo. Ella no ha querido aún leerla entera.
—Esa frase, su «ya no estoy enamorada de ti» denota coraje.
—Sí. Honestidad y valentía. Es una frase de una dignidad fuera de lo común, que previene las típicas infidelidades de un matrimonio que está roto. Con esa frase Ana se adelantó a todo esto. Hay muchos matrimonios que acaban en la mentira, que es algo que yo veo asqueroso. Decirle a tu marido, o tu mujer, que te vas de fin de semana a trabajar e irte con otro me parece asqueroso. Mentir a la persona que quieres es una guarrada, y el que miente se destruye. Fuera. Es un horror moral. Alguien que se va con otro es alguien que no está enamorada de ti.
—¿Respetamos más al amigo que al amante? ¿Es más noble la amistad?
—Es así, pero la intimidad se la das al amante, la parte oscura se la das al amante. Ese conocimiento de tu cuerpo, las pulsiones. Hay una conciencia sexual que viene de la noche biológica de los tiempos. Eso se lo das al amante, no al amigo. Cuando hay cuernos, es difícil pasar del divorcio a una amistad. Porque la confianza se ha perdido. Y cuando has perdido la confianza en alguien realmente no la recuperas jamás.
«En el sexo con amor hay una gran invitación a la bondad, al conocimiento de la vida. ¡Es el nirvana occidental!»
—Hay muchos detalles curiosos en su historia: su debilidad por las manos (de uñas anchas), la debilidad de su ex por las latas de sardinas y las aceitunas... Hay una fobia razonada a los teléfonos, querencia por las antiguas usanzas del pésame, fantasías impagables, algún momento Aldi, y escenas «hot». Gran frase de «Islandia»: «El sexo con amor es la verdad de la vida».
—Sí. Una cosa es follar y otra hacer el amor. El sexo con amor es plenitud, es conocer la verdad, una conexión con la vida que me parece sobrehumana.
—Algo así dice Emmanuel Carrère en «Yoga», el sexo como el nirvana.
—En el sexo con amor hay una gran invitación a la bondad, al conocimiento profundo de la vida. ¡Es el nirvana occidental!
—Había oído hablar de «marcharse a la francesa» pero de «separarse a la nórdica». ¿Eso cómo es?
—Ada lo dice en la novela en el sentido de que los nórdicos son inteligentes, avanzados, que no van a caer en los errores de las pasiones latinas.
—¿Sirvamos el divorcio en plato frío?
—Comedidos. No vayamos a caer en la tentación de los reproches. Vamos a ser elevados. Siempre miramos a los nórdicos como gente más evolucionada en democracia, derechos, civilización.
«En un divorcio entra también la sociedad y la política de un país. Todo el espacio sociopolítico entra en una relación de pareja»
—Hay que ponerle a todo el Dios (y el sindiós) de los latinos también...
—Al final, el Dios de los latinos va saliendo por partes. Por más que miremos a los nórdicos, ¡lo latino está todo, es la novela!
—Advierte que el divorcio no tiene ese glamur de las películas de Woody Allen. E invita a pensar en «Match Point» con su comparación de Ada con la tenista Martina Navrátilová. ¿Se parece la pasión, o sus lances finales, a un partido de tenis?
—Me gustaba esa imagen. Los matrimonios, las parejas, que se separan de buena ley tienen grandes conversaciones, en las que hay análisis y reflexión conjunta. Me pareció interesante visualizarlo como el partido de dos grandes del tenis, desde la inteligencia, desde la reflexión... ¡El tenis no consiste en romperle la raqueta en la cabeza al contrario! El tenis es una expresión de talento llevado a lo físico. Me gusta como metáfora de un divorcio sofisticado.
—«Toda España es un ser deprimido y angustiado, y no hay psiquiatras suficientes. Al menos ahora la gente lo dice: ''Voy a mi terapeuta". No le llaman psiquiatra, le llaman terapeuta. El eufemismo en España es el rey de la vida», escribe a unas páginas del comienzo de «Islandia». ¿Hay una comparación total de su estado de ánimo inicial ante el divorcio con la situación del país?
—Ana, mi ex, y yo vivimos la plenitud de nuestro amor en Estados Unidos. Decidimos volver a España. Llegamos y nos divorciamos (se ríe poniendo a la frase el humor de unos puntos suspensivos). Qué mal nos sienta España, piensas. Hay ironía, y humor, pero también una incomodidad histórica con el país que estamos viviendo. Una incomodidad sociopolítica, y la relacionas con tu propio divorcio. En un divorcio entra también la sociedad y la política de un país. Todo el espacio sociopolítico entra en una relación de pareja.