Dando órdenes

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

LA GRAN arquitectura ha dependido en líneas generales de la posición del hombre respecto al poder, ya fuera de origen divino o humano. Faraón o césar, señor feudal o eclesiástico, monarca o burguesía industrial, fascismo o democracia, capitalismo o comunismo, presidente o alcalde, todos ellos han dado sus órdenes al arquitecto; éste, a su vez, en un proceso no exento de dificultades, las traduce con sus propios órdenes formales para una sociedad que solía recibir con cierta pasividad lo que poco a poco se convertiría en nuestro patrimonio monumental. El clasicismo helénico, trasunto del poder de la polis, llega, a través de la razón establecida por las medidas de cada una de las partes del edificio y de la relación-proporción entre ellas, a una expresión de la belleza. Roma da un paso decisivo al describir y conjugar la gramática de los órdenes arquitectónicos, que el imperio expande urbi et orbe colonizando militar y estéticamente buena parte del mundo conocido. En los scriptoria medievales se copia el De Architectura de Vitruvio, pero sus ideas se silencian entre las luchas feudales y el temor de Dios, que generan un arte sombrío de templos y fortalezas. En contraste, el gótico sustituye el miedo por el ensalzamiento de lo inalcanzable a través de la luz filtrada por las oquedades de los muros rasgados. La mirada del Renacimiento se dirige hacia un suelo plagado de ruinas. La fijación en la cultura romana se proponía concebir un nuevo arte, con un lenguaje que suponía un posicionamiento diferente del hombre y del encargo. Todo lo teorizado, dibujado y construido en los siglos XV y XVI adquiere tal impronta que va a seguir impartiendo órdenes durante quinientos años, dando a entender que el poder había encontrado por fin una matriz conveniente. Pronto el clasicismo se amanera hasta llegar al barroco, una eclosión sin límites de los cánones que dieron a la arquitectura más poder y sombras. No conforme la historia, vuelve a mirar atrás, hacia otro clasicismo con el que en el XVIII y el XIX se construyen ciudades especulares llenas de mansiones, bancos, bibliotecas y museos neorromanos y neogriegos para usos más colectivos. Las revoluciones sociales y de los materiales, del hormigón y el hierro, iban a dar paso a otra modernidad distinta, desatenta con lo histórico y portadora de nuevos cánones. A finales del siglo XX, la posmodernidad no dudará en volver una vez más la cabeza hacia lo clásico para desprenderse luego de las rigideces y dar paso a una última moda , en la que la epidermis gesticula en formas y materiales, en edificaciones al servicio del ocio, el consumo, la cultura, el deporte y la representación económica. El torrente de iniciativas de la España democrática introduce dos formas de proceder: bien con operaciones de expansión o completamiento de la trama urbana, vinculadas al planeamiento, lo que comporta una reflexión previa sobre programas y economía del proyecto, o bien como ideas que aspiran principalmente a transformarse en iconos, donde la arquitectura va por libre y queda en manos del autor. Cabe preguntarse a cuál de ellas responde la Cidade da Cultura: si ha partido de una reflexión cultural, urbanística y, cómo no, política, o si, por el contrario, el objeto se impuso sobre el objetivo en el esquema tradicional de las/los órdenes entre poder y arquitectura.