Hechos y opiniones

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

17 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LOS HECHOS no son opiniones, aunque algunos quieran jugar a desarrollar esta perversión. El holocausto judío perpetrado por los nazis es un hecho, no una mera opinión, como bien señaló en su día Hanna Ahrendt. La guerra de Irak es un hecho, al margen de lo que se quiera opinar sobre ella. Las opiniones se producen sobre hechos, pero no pueden sustituirlos. Sería ridículo opinar que no existió la guerra de Irak. Igual de perverso sería opinar que no existieron los campos de exterminio nazis, o los de Pol-Pot en Camboya. Las opiniones son libres, pero los hechos son irrebatibles (y, por lo tanto, no son relativamente ciertos: son incuestionables). Digo esto para salir al paso de algunos afanes relativizadores que amenazan con llevarse los hechos por delante, sobre todo ahora que algunos se han puesto a reescribir tan afanosa e interesadamente la historia de España. Se puede opinar que Franco fue un gran estratega militar o que era un general que no daba pie con bola, pero no se puede negar que ganó la guerra. Se puede decir que no fue el primero en alzarse contra la República, pero es innegable que fue quien la tumbó, y de esto es responsable directo. Se puede querer atribuirle una especial animadversión contra Cataluña, pero los hechos no prueban que la haya tratado peor que a ninguna otra parte de España. Etcétera. Lo peor es que este deslizamiento perverso (que se empeña en convertir la opinión en hecho) también se ha adueñado de nuestro presente. La opinión de que España corre riesgos de desarticulación se convierte, con el pretexto del Estatuto catalán o de algún evento del conflicto vasco, en la afirmación de que España ya se ha desarticulado. El hecho, sin embargo, es que España existe y está articulada, y los riesgos que corremos (tan reales como quiera cada uno) son futuribles no dilucidados, pero sí opinables. Naturalmente, entre los hechos están nuestras leyes: existen, son reales y deben cumplirse. Algunos creen que son meras opiniones, y se equivocan. Y se equivoca todo aquel que contribuya a favorecer ese equívoco. Porque esto sí que se paga. Por ello es tan necesario que la ley se cumpla siempre. También en el ámbito político.