Un decreto del siglo pasado

| JORGE DEL CORRAL |

OPINIÓN

28 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL GOBIERNO se dispone a modificar la normativa que obliga a los operadores nacionales de televisión «a hacer pública su programación diaria con una antelación de, al menos, once días respecto del día al que la citada programación se refiera». Y como si no hubiesen pasado cincuenta años desde que llegó a España ese medio de comunicación y entretenimiento, el Ejecutivo ha elaborado un nuevo texto que responde a las características de una televisión analógica de mediados del siglo pasado, cuando había una sola cadena y se emitía en blanco y negro, y no a una televisión del siglo XXI, incardinada en la era digital, con más de 200 canales que llegan al espectador a través de las ondas hercianas, los satélites, el cable, el teléfono fijo, el teléfono móvil e Internet. Eso no es modernizar el país, es anclarlo en un pasado audiovisual sepia que nada tiene que ver con el actual. Los operadores de televisión, que de lo suyo saben mucho, son los primeros interesados en que los espectadores conozcan en detalle y con antelación suficiente la programación que van a emitir, pues de otro modo perderían una parte importante de su audiencia. Sin embargo, y si no rectifica en el tiempo de prórroga el Ministerio de Industria y Turismo, competente en la materia, se obligará a las televisiones a que hagan pública la programación con siete días de antelación, rebajando en cuatro la norma actualmente vigente. A juicio de las televisiones privadas hercianas nacionales y gratuitas (con 16 canales en emisión y 24 a partir del 2010), el borrador del futuro real decreto limita su libertad de empresa y de competencia, y las discrimina respecto de las otras de distinta cobertura que emiten por éste y otros soportes. En el actual estado de la tecnología digital existen múltiples medios y procedimientos para garantizar al ciudadano un conocimiento por adelantado de los programas televisivos que pueden interesarle, teniendo en cuenta que el espectador medio efectúa su elección unas horas antes o, como mucho, con dos días de adelanto. Pero nada de esta realidad parece conocer el Ejecutivo, que continúa impertérrito mirando por el retrovisor para seguir viendo a Gutenberg y no fijar los ojos en McLuhan.