Galicia turística

| ANDRÉS PRECEDO LEDO |

OPINIÓN

14 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

VOLVEMOS, como cada año en estas fechas, a la temporada alta del turismo. Este año sin grandes novedades para nosotros. Los productos turísticos son los mismos de siempre, los destinos turísticos también, los veraneantes, más o menos; y los motivos del viaje, los usuales; es decir: el paisaje, la gastronomía, el clima fresco y el patrimonio cultural. El origen español será predominante y la presencia creciente de franceses, ingleses e italianos compensará la previsible disminución de portugueses. La promoción turística oficial, como en los años últimos, está centrada en Santiago y los Caminos, pero con mucho menor impulso. Galicia es ya un producto maduro y consolidado, con una clientela muy fiel, en la que la figura del veraneante predomina sobre la del turista. La inercia sigue funcionando. Pero hay dos novedades importantes. La primera, las líneas de bajo coste, subvencionadas directa o indirectamente por la Xunta, y que traen a Santiago un número creciente de viajeros a lo largo del año. Más difícil será saber el número exacto de visitantes-turistas entre el total de pasajeros que utilizan esas líneas, el nivel de gasto asociado y los resultados sobre la calidad del producto turístico. Sólo así podremos valorar con exactitud la eficacia de esa subvención para el movimiento turístico internacional, y para saber si rentabilizamos bien las subvenciones. La segunda novedad reside en la fuerte presión especulativa, inversora o urbanizadora que amenaza nuestro litoral. El Mediterráneo ya ha sucumbido, salvo la costa del cabo de Gata y poco más; el Cantábrico está sucumbiendo, y ya sólo quedan a salvo determinados espacios de la costa santanderina y la mayor parte del litoral asturiano, donde un colorismo estridente de sus casas pintadas está generando un nuevo tipo de feísmo visual. Las Rías Baixas, salvo algunos sectores frontales de sus penínsulas, ya han sido destrozadas por ese cúmulo de hechos al que aplicamos conjuntamente el término de feísmo. Nos queda el litoral de las Rías Altas, con excepciones también, y con amenazas ciertas en lugares tales como Ribadeo, Miño, Sada, Camariñas, Muxía y algunos puntos más. Y por este camino, si destruimos el paisaje, si cambiamos los productos del mar por las los de piscifactoría, si el patrimonio construido lo maltratamos, y el cultural la volvemos chabacano y anodino, ya habremos conseguido eliminar nuestras ventajas comparativas. Ya sé que se habla mucho, se escribe mucho, se promete mucho, pero las realizaciones concretas están aún por llegar. Y la amenaza que antes destruyó otras costas sigue cerniéndose sobre la nuestra. De nosotros depende, pero de los políticos, más que de los demás.