Sólo quedamos nosotros

OPINIÓN

30 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS REITERADOS informes urbanísticos, primero; las noticias sobre la sequía, después; y los problemas planteados por las medusas y por alguna especie voraz de pez han provocado una cambio en la percepción de una buena parte de los españoles sobre las bondades de la costa mediterránea. No son noticias nuevas, pero cada año se reproducen con mayor intensidad, y los efectos para un futuro inmediato no parecen anunciar una mejoría. La realidad es que la convergencia del descenso de las tarifas aéreas con el incremento de población jubilada en los países del norte de Europa y la facilidad de los desplazamientos de fin de semana ha generado un incremento impensable de la demanda de viviendas cerca del mar. Esta demanda, a su vez, ha provocado una expectativa nueva a los promotores inmobiliarios. Ocupado el frente litoral por un murallón de hoteles y apartamentos, las nuevas urbanizaciones, bajo la fórmula de casa-golf, van hacia el interior. A corto plazo, han facilitado la expansión de la economía regional en las comunidades levantinas y andaluzas, aunque tampoco las catalanas queden a salvo, pero a medio y largo plazo se ha entrado en un proceso marcado por la especulación galopante que fomenta la corrupción y en una destrucción sistemática del medio natural, y ya no sólo del ecosistema litoral, sino del interior. Las amenazas se extienden por todas partes, y las demandas de agua -lo único que les falta para multiplicar el modelo- han generado y generarán debates políticos encontrados, porque son muchos los intereses que se mueven detrás. Por otro lado, las ciudades se han embarcado en una repetición de programas basados en la arquitectura de márketing, que cada vez es menos eficaz, y que aun siéndolo, el tiempo de retorno es cada vez más corto, porque su efecto se concentra más en el tiempo. Dos modelos marcados por la insostenibilidad ambiental y social. Pero en Galicia no estamos al margen de este proceso. Nuestras costas son ahora bocado apetecible para muchos de los inversores, que ven en el nuevo modelo de turismo residencial una oportunidad de negocio. También la Ciudad de la Cultura sigue su camino, sin reparar en lo injustificado del gasto y en la cada vez menor credibilidad en sus resultados. Ambos casos, fruto de una mentalidad corta de miras y amplia de ganancias monetarias, deberían repensarse hacia el futuro. En uno, controlando las nuevas urbanizaciones, y en otro, reduciendo el proyecto de la famosa ciudad satélite compostelana. Ello no quiere decir que no se puede hacer nada, que la alternativa sea el progreso mal entendido o la parálisis constructiva; las cosas se pueden hacer, pero hay que hacerlas bien, leyendo el territorio desde una perspectiva culta.