UNA DE las características que produce más orgullo de pertenencia a un país es la seguridad de que el principio de igualdad se encuentra instaurado. El vivir en una sociedad sin discriminados ni privilegiados, en el que todos sean iguales ante la ley y todos sean tratados de la misma forma y participen de los beneficios de ella, produce una honda satisfacción entre los ciudadanos. Así es común la admiración hacia esos países más desarrollados, donde el principio de igualdad, más allá de las normas, constituye la esencia de ese pacto social de vivir juntos. Tan importante es para ellos ese principio que incluso han establecido la discriminación positiva, que pretende poner a todos los ciudadanos en la línea de salida teniendo en cuenta las circunstancias de aquellos que por pertenecer a colectivos históricamente discriminados parten con desigualdades reales. Con la justicia ha habido y hay una ambivalencia en la percepción que de su igualdad tienen los ciudadanos. Hemos pasado épocas de castas intocables y ha habido otras, gustosas en general, en las que la Justicia se ha atrevido con la corrupción económica y política, al igual que con el crimen organizado, poniendo de manifiesto lo adecuado de su simbología, una mujer con los ojos tapados que sentencia sin preguntar a quién tiene delante. En la actualidad, de hacer caso a las últimas encuestas sobre valoración de la Judicatura, no estamos en el mejor momento, y aunque a algunos no nos parezca justo, lo cierto es que la valoración genérica no es buena, y ello en parte debido al tratamiento que se ha dado a algunos casos de notoriedad mediática. Ahora llega una patata caliente. Dicen los representantes del bailaor Farruquito que no va a recurrir la pena de tres años (dos más uno) que le ha sido impuesta por la Audiencia Provincial de Sevilla (por cierto, idéntica pena que se pondría a cualquier persona por los mismos hechos). Pues bien, de no recurrir la sentencia, ésta adquiere firmeza, y Farruquito tendrá que entrar en prisión para cumplir la pena de forma inmediata; como ocurre con cualquier condenado por pena similar. Pero el asunto no es uno más, y se convierte en un espejo en el que se van a medir miles de condenados a pena semejante y un escaparate visible para millones de ciudadanos que constatarán la calidad democrática que poseemos. El que una persona como Farruquito, de seguro arrepentida y con penas no graves, entre en prisión, no haya alternativas, es un fracaso para la sociedad que no ha encontrado otro método de castigar una conducta desviada, pero en cualquier caso es el mismo fracaso que concurre para innumerables condenados que cumplen escrupulosamente sus penas.