SEGURAMENTE cuando Endemol vendió los derechos de Operación Triunfo a la cadena televisiva por satélite del Líbano LBC hace más de cuatro años no podía imaginarse que una de las futuras concursantes de Star Academy se convertiría en aglutinadora de los esfuerzos de los iraquíes de toda confesión, secta y condición. Contra todo pronóstico, hace unos días, siete millones de votos emitidos por teléfono móvil, es decir, una proporción de uno de cada cuatro iraquíes, le dieron la victoria a la joven Shada Hassoun en la final en la que competía con otros tres cantantes. De padre iraquí y madre marroquí, Shada nació en Bagdad, pero ha vivido la mayor parte de su vida fuera del país. Pese a ello, ha hecho de su patriotismo una de las banderas de su paso por el concurso televisivo. Para los iraquíes, Shada se ha convertido en el orgullo patrio; sin embargo, el primer ministro Nouri al Maliki afirmó no seguir el programa y los líderes chiíes, quienes por cierto están en contra de todo canto que no sea el del Corán, no se han molestado en hacer ningún comentario al respecto. Algunos ciudadanos han justificado el éxito de esta joven en la imposibilidad de hacer otra cosa que ver la televisión en un Irak asediado; otros han identificado su aire occidental y su hermosa voz con la esperanza de normalidad que todos desean en el país. Shada es un bello espejismo de lo que la quimera de un país llamado Irak pudo haber sido más allá de la política y la religión y, probablemente, nunca será. También es el ejemplo de la diáspora iraquí iniciada durante la dictadura de Sadam y agravada en los últimos años. Salvo los irreductibles que se niegan a rendirse ante la evidencia del caos total, aquéllos que sin formación, contactos o voluntad prefieren lo malo conocido a lo bueno por conocer y, sobre todo, muchos elementos exógenos que han hecho de la muerte su único objetivo, los profesionales mejor formados se han ido ya. Se estima que sólo desde la invasión del 2003 han huido de Irak unos dos millones, y los desplazados dentro del país son ya 1.700.000, incrementándose esta cifra con 50.000 personas más al mes. La fuga de talentos como el de Shada es otro de los tristes peajes de la liberación.