M ariano Rajoy había quedado con nosotros en que lo prioritario era el paro; lo inaplazable, el déficit; lo urgente, la reordenación bancaria y el flujo del crédito; lo importante, la eficiencia de las Administraciones, y lo deseable el recuperar la senda del crecimiento y mantener el Estado de bienestar. Después vendrá -nos decía- la recuperación de los salarios, la rebaja de impuestos, la orgía inversora del Estado y la reentrada en el paraíso perdido. Y yo, que no estoy seguro de que este sea el orden lógico del proceso, estoy dispuesto a darlo por bueno siempre que nos pongamos a ello, y si empezamos a escalar con sumo cuidado los riscos de este Everest.
Pero todo indica que una serie de retrasos inesperados, fruto de un mal diagnóstico y de una cierta cobardía a la hora afrontar decisiones que no aparezcan vinculadas al conocido aforismo de que «la culpa de todo la tiene Zapatero», empiezan a alterar este orden de cosas, y que, obligados a dar sensación de actividad a base de presionar sobre lo que no es prioritario ni urgente, algunos ministros están pisando charcos que podían evitar.
¿Era urgente suprimir Educación para la Ciudadanía y ejemplificar sus males con citas que -por mal hechas y sectarias- delatan intenciones ideológicas? ¿No se podía pensar un poco más la reforma -para mí necesaria- de la ley del aborto? ¿Se ha medido la trascendencia que puede tener la reforma de la Ley de Costas sobre un litoral tan degradado y difícil de reconducir? ¿Tiene sentido precipitar la vuelta al plan hidrológico, como si fuese una revancha, cuando la urgencia es ahorrar y no invertir? ¿Se puede arreglar la sanidad mediante una recentralización encubierta, y sin una previsión de los berenjenales presupuestarios que asoman detrás de este modelo que separa la política sanitaria de su ejecución? ¿Se pueden seguir relajando las políticas de austeridad que afectan a las comunidades autónomas y ayuntamientos a base de una ingeniería financiera que no computa como déficit lo que realmente lo es? ¿Se puede seguir fomentando la reforma del sistema financiero dejando recocer los procesos de fusión o intervención que ya son inevitables?
Si Dolores de Cospedal se dignase contestar a estas preguntas, podría decirme que mi queja es aventurada, ya que, en pura verdad, nada de eso se ha hecho. Pero ahí está lo grave. Porque se está hablando de todo con precipitación, sembrando desorientación y llenando de hipotecas los debates que han de venir. Y eso no es gobernar, sino hablar por no estar callados, surfeando sobre lo secundario y llenando de minas la compleja tarea en la que estamos embarcados. Por eso le recuerdo a Rajoy que, tal y como habíamos quedado, lo primero es el paro, el crédito, el equilibrio y el crecimiento. Y de eso, por lo que yo veo, vamos flojitos y lentitos.