Recordaremos a Guardiola por la velocidad con la que ha acumulado tantos y tan excelsos triunfos como entrenador del Barça y también, por desgracia, por una frase muy desafortunada: «Me habré equivocado, pero no me arrepiento», casi clavada a otra que pronunció la Pantoja cuando, en una ocasión, le preguntaron si se arrepentía de haberse enamorado de Julián Muñoz, el tristemente célebre alcalde. También la Pantoja, hace quizá ya un par de años, declaró que había cometido un error al enamorarse de Muñoz, pero que, por ser un error de amor, no se arrepentía. Esta obcecación de equivocarse y no arrepentirse del error viene de muy lejos. El «sostenella y no enmendalla» está acuñado en estos versos que tantas veces citó Unamuno: «Procure acertarla siempre / el honrado y principal / pero si la acierta mal / sostenella y no enmendalla». Según esta sentencia, la rectificación y el arrepentimiento por el error es de imbéciles. El rey acaba de pedir perdón por su absurda cacería de elefantes, a la que, por cierto, era también muy aficionado su abuelo Alfonso XIII, según unas fotos incorporadas a un excelente documental de Víctor León. Si el rey, que, según nos han contado siempre, tiene su poder directamente emanado de Dios, pide perdón, es de suponer que un entrenador de fútbol, que nos imaginamos que no es divino sino humano, debe arrepentirse de los errores cometidos.