Euros, códices y bancos

José Carlos Bermejo Barrera TRIBUNA

OPINIÓN

09 jul 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

En una época de crisis económica en la que, según fuentes dignas de crédito, hasta los ángeles llevan alas remendadas, nuestro presidente del Gobierno ha tomado tierra en el Obradoiro, bajando desde una nube procedente de Bruselas, aprovechando un descanso entre esos viajes en los que consigue rotundos éxitos. A tal señor tal honor: la ocasión no era para menos, puesto que se trataba de la recuperación del Códice Calixtino, el libro más europeo de entre los libros europeos, tras un año de larguísimo periplo geográfico.

Liberado el Códice de la codicia más bien doméstica, casi se supondría que debía haber entrado milagrosamente en la catedral, al son de la silenciosa música de la orquesta congelada en la piedra del pórtico de la Gloria. No fue así porque en España, tras el «milagro económico» de R. Rato, tema de la tesis del propio exministro, creador de la burbuja inmobiliaria, ya casi no nos quedan milagros. Gracias a ese milagro si hoy viviese aquel humilde carpintero que una vez paseó sobre las aguas, estaría en el paro o regulado por un ERE, y sus discípulos, unos modestos pescadores, no podrían pescar, debido al problema de las cuotas comunitarias con las que Europa reconoce nuestras aportaciones a su historia.

Ya nadie diría hoy, como dijo el humilde carpintero cuando dictó su sermón desde una montaña, que en España los que lloran son bienaventurados, porque solo son desgraciados, ni sabrían qué hacer esos que tienen hambre y sed de justicia, perdidos entre el barullo informativo del Supremo, el Constitucional, el Tribunal de Cuentas o el Poder Judicial. Y los mansos y los limpios de corazón, es decir, la mayoría de los ciudadanos honrados, no tiene voz y casi ni voto, puesto que, visto lo visto, de poco parece que les sirva, ya que mandan en Europa, en España y en el mundo los especuladores y banqueros que se juegan cada día la vida de las gentes a la ruleta rusa.

Hubo un día en el que el humilde carpintero echó a latigazos a los banqueros del templo de Jerusalén, él creyó que lo profanaban; sin embargo hoy nos explicarían que ello quizás pudo provocar una falta de liquidez y generar tal desconfianza en los mercados romanos que el templo sería destruido menos de cuarenta años más tarde. Y la metáfora no es banal entre el cotidiano despropósito político e informativo en el que nos movemos, en el que ninguna palabra significa nada en boca de quien manda, a menos que se hable de dinero, pero en el que personas analfabetas firman con el dedo complejísimos contratos con sus bancos, a la vez que se asustan cada día cuando se anuncia el próximo apocalipsis monetario y se les pide resignación y silencio.

El Códice Calixtino es muy importante, por su antigüedad, por lo que dice en el viejo latín que ya a nadie importa, y sobre todo porque es el reflejo de un mundo ya desaparecido, cuyos protagonistas nunca estarían a gusto en este nuevo mundo que se proclama racional, próspero y feliz. Y en el que se cree que el valor de las cosas es solo su precio y el precio es una magnitud que cada día regulan científicamente los mercados bursátiles.

Tras acabar el día, y una vez que nuestros gobernantes hayan devuelto el Códice a sus legítimos propietarios y vuelvan a sus verdaderos quehaceres y afanes; cuando en Santiago se alarguen las sombras y en la catedral vuelva a hacerse el silencio, quizás el espíritu del santo se pasee melancólicamente diciendo: «Ay Señor, visto lo visto, si lo sé no vengo».