Deuda en los cimientos

Manuel Blanco Desar
Manuel Blanco Desar EL SÍNDROME G

OPINIÓN

Los cimientos no se ven, pero existen, y son muy importantes. Tal vez lo más importante cuando aspiramos a que lo construido subsista durante años y siglos. En una sociedad, su capacidad de constante regeneración es lo que la cimienta. Regenerar implica muchas cosas, ante todo suplir a los ancianos que fallecen por los niños que han de nacer. Sin esa regeneración, los cimientos sociales se resienten y quiebran. De todas las deudas privadas hechas públicas que vamos sumando, la peor es la deuda demográfica. Nadie sabe con certeza qué puede suceder con la economía de aquí a 30 años, aunque una cosa es cierta: no hay precedentes de crecimiento estable con un desequilibrio tan grande entre ancianos y jóvenes como el que nosotros vamos acumulando.

El déficit demográfico que venimos arrastrando desde los 90 va acumulándose en deuda demográfica. Las pensiones de quienes aún tarden décadas en jubilarse probablemente subsistan, pero serán más raquíticas. Por esta vía vamos hacia la economía del racionamiento. Racionar sin perspectivas de futuro. Quienes defienden el statu quo natalicio siempre invocan dos salidas para resignarse a no hacer nada: el incremento de la competitividad y la inmigración masiva. Habría que plantearse por qué sociedades ya muy competitivas pero con grandes deudas demográficas (Alemania, Japón) están tan preocupadas, y tampoco se avienen a la masiva solución inmigratoria, que ya controlan férreamente. La respuesta es obvia: la inmigración por encima del 10 % de la población local induce reacciones irracionales graves. Holanda es un buen ejemplo. No digo ya nada sobre dónde venden la dichosa competitividad, porque llevamos 50 años instalados en el modelo turismo más hormigón, y ahí seguimos.

Esta deuda demográfica oculta tras la deuda financiera privada y luego pública puede tumbar el sistema de bienestar, y al que tampoco salvarán las pensiones privadas, por cierto. Igual que en la física, desafiar la ley de la gravedad demográfica tiene un coste que no se puede sostener durante mucho tiempo. Se podría experimentar en una pequeña instalación cerrada, como en un simulador, pero no a cielo abierto, en la calle, y para toda la población.

Solo hay una vía contrastada para minorar esa deuda basal y vital: que nazcan más niños. Pero que sean niños muy amados, bien cuidados y educados. Por eso, como en la deuda financiera, quienes deben realizar una mayor contribución son los que más recursos tienen. Es en ese grupo donde no hay problemas económicos y donde se induciría un benéfico efecto de redistribución de su renta, a diario y cuando repartan su patrimonio entre los hijos. Tal vez así, de paso, se acabe la fobia a los niños, exteriorizada en esos hotelazos donde se permite la entrada de mascotas y hasta delincuentes de todo pelaje, pero no a niños que juegan, ríen o cantan.