La frase más sabia de la semana la dijo Ferran Adriá en A Coruña: «No busquéis el éxito, buscad la felicidad». Es una magnífica estrategia vital que elimina frustraciones y garantiza que la experiencia de andar por aquí merece la pena. El cocinero despachó su filosofía en la universidad, pero su inteligente sentencia reaparece inesperada con un creciente tintineo ante la imagen más inoportuna de la semana. La habrán visto. Mariano Rajoy fumándose un puro mientras pasea por pleno Manhattan. Al fondo, los neones del Radio City Music Hall, en los bajos del Rockefeller Center, incrustados en la escena con esa naturalidad cinematográfica que solo consigue Nueva York y que en este caso perjudica tanto al presidente. Es terrible pero, en la imagen, Rajoy exhibe la complexión de un malo de Scorsese, uno de esos que airea su suntuosidad faltona por la milla de oro del mundo mientras la realidad se desmorona. Resulta casi doloroso aceptar que el presidente es tan ajeno a la importancia de los gestos; que nadie entre sus asesores le indica que ese puro y ese ademán son símbolos equivocados; que así no se contrarresta la deriva imparable de la imagen de esta España que el NYT ha convertido en un país de hambrientos que rebusca en la basura. El veguero de paseo solo sirve para que esa miseria retratada por el periódico parezca la de una república bananera. Y lo que es peor, elimina cualquier atisbo de empatía con los desasosegados españoles de la persona a la que le encomendaron enderezar el rumbo. En medio de estas tribulaciones irrumpe la frase de Adriá. ¡Claro! El presidente no está buscando el éxito. Solo aspira a la felicidad. Aunque para conseguirla sacrifique la de todos los demás.