Entre dos orillas

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

Hay un puente, el último del año situado entre dos orillas, una laica, el día 6, fiesta de la Constitución española y la orilla religiosa de hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción y antaño ¿se acuerdan?, día de la madre.

Acaso se terminen con la nueva normativa propuesta ma non tropo por el gobierno Rajoy de trasladar las fiestas entre semana a los lunes, aunque hay una suerte de largo me lo fiais en aprobar esta medida.

Debajo del puente lo que hay son setenta y cinco mil nuevos parados según la estadística mensual del mes de noviembre que se unen a los cinco millones, más o menos, de desempleados en un inexplicable crecimiento exponencial que está resultando tan insoportable como dramático. El auténtico problema que demanda una urgente solución prioritaria es este, el del desempleo, que hay que atajar sin dilación cuando ya se terminaron el subsidio familiar y los ahorros.

Las otras dos orillas son las que separan una sociedad cada vez más dual entre los que trabajamos y los que no tienen empleo, los ricos y ese ejército creciente de pobres que se incrementa sin pausa.

La causa catalana, la reforma de la educación, el déficit autonómico, las crisis de los partidos políticos tradicionales y su desprestigio ciudadano, son pecata minuta, frente a la tragedia del paro.

Yo no sé si hay que acabar con los puentes, máxime cuando es comprobable que estamos -aquí sí- por debajo de la media europea. Con marea alta, en aquellos añorados años de engorde vacuno, antes de la llegada de las vacas flacas y de la bajamar que deja varados todos los barcos, se decía que los puentes incidían en la subida del PIB, incrementando la renta de nuestro sector más eficiente: el turismo, que llenaba las costas de viajeros desplazados de su lugar de residencia a otras ciudades y pueblos.

Además de eso, regulaba la producción de los stocks industriales, y llenaba de felicidad a los ciudadanos que de este modo se podían permitir unas pequeñas vacaciones que rompían su rutina. Era la lectura amable de los puentes, de los acueductos que podían durar una semana. Se favorecía el consumo y España era una Arcadia, un bosque animado por la prosperidad y el bienestar.

Pero todo lo que nos contaron era mentira, un decorado de cartón piedra, un inmenso plató donde se rodaba una película que no llegó a estrenarse. Ahora los puentes no unen ninguna orilla acaso tienden un camino que va hacia la desesperanza, y solo nos queda la memoria. Ojalá pronto podamos tender puentes sólidos a la esperanza que inaugure el futuro.