¿Merece Artur Mas nuestra delicadeza?

OPINIÓN

09 may 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

En un país arrasado por el buenismo dialéctico, donde cualquier ocurrencia -salvo que proceda del Gobierno o del Episcopado- tiene derecho a ser discutida, muchos ciudadanos contemplan anonadados cómo Artur Mas nos colocó en la agenda del Estado una ocurrencia antihistórica, antijurídica, antipolítica y antieconómica, que en cualquier país de nuestro entorno, con el mismo marco constitucional, sonaría a chanza. ¿Se imaginan ustedes a Baviera, a Normandía o al Piamonte metidas en este berenjenal? ¿Creen que Tejas, California o Florida obtendrían de Washington su derecho a decidir? ¿Les parecería serio que el Sarre, la Alsacia, la Lorena y el Trentino empezasen a discutir en qué siglo de la historia quieren fondear?

Cuando estos territorios se integraron en sus actuales destinos, la Cataluña de Mas ya llevaba varios siglos donde está. Y desde que España mantiene sus fronteras inalteradas y su práctica de Estado unificado, todos los países de Europa Occidental se rompieron y reconstruyeron varias veces, sin que ahora se consideren gaseosos y en permanente duda metódica. Pero eso aquí no importa, porque todo el mundo tiene derecho a decidir lo que le plazca, exigir un diálogo generoso y «democrático», e insultar a la historia y al sentido común en nombre del imaginario particular. Y por eso hay mucha gente sorprendida de que el Tribunal Constitucional se haya atrevido a admitir a trámite, y dictar la correspondiente suspensión provisional del acuerdo parlamentario por el que Cataluña se proclamaba «sujeto jurídico y político soberano».

Para que esta agenda de cachondeo nos traiga de los nervios ha sido necesario que nuestro Tribunal Constitucional le tenga más miedo a suspender esta botaratada que a admitir que los gallegos tengamos la obligación de conocer nuestro idioma; que los historiadores -no todos, pero casi- reescriban la historia a la medida del nacionalismo; que los constitucionalistas -no todos, pero muchos- consideren que la Constitución de 1978 está escrita sobre chicle y puede ser servida a la carta; que el PSOE de Zapatero y Rubalcaba haya entendido que la progresía consiste en no decir nunca que no y en ponerse un ciento de veces colorado antes de ponerse rojo una vez; y que la mayoría de los comentaristas prefieran decir las memeces que haga falta antes de ser tachados de insensibilidad frente al problema catalán. Y así estamos, con el rey desnudo y elucubrando en la nube.

Por lo que a mí se me alcanza, este sarpullido acabará en agua de borrajas, y todo el mundo se pondrá a silbar mirando para otro lado. Pero alguien debería evitarnos este bochorno nacional y esta humillación histórica. Alguien más que el PP, se entiende, que, aunque tiene un discurso más romo que la piedra pómez, está dando la talla con fuerte compromiso y mucho sentido común.