Fallamos. Tras varios miles de años de historia está empíricamente probado que nos equivocamos. A veces con mucha mayor frecuencia de la que deberíamos. Nuestros errores, a veces, son fatales. Con ese antecedente, atribuir solamente a un fallo humano accidentes como el del Alvia de Santiago o el del avión de Spanair, del que hoy se cumplen cinco años, resulta una respuesta vaga. No cuestiono las palabras del maquinista en las que confiesa que se despistó. Pero resulta complicado creer que, cuando la ingeniería es capaz de construir trenes que avanzan a 220 kilómetros por hora, la probabilidad de que esa máquina descarrile quede en manos de una persona. No podemos dejar que todo gire en torno al maquinista. Debemos ahondar en las causas, aunque lo fácil sea lo evidente.