Desde ha años repito en mis escritos que la crisis de España no era tan solo económica, sino también ética, y que probablemente sería más fácil gestionar la primera que la segunda. Y el tiempo me va dando la razón. Menos mal que un nutrido grupo de jueces independientes, valientes y honestos han decidido enfrentarse a la situación a pesar de los inconvenientes. En parte, el problema se debe a un anterior código de valores sociales, o mejor antivalores, marcados por el todo vale y el enriquecimiento a cualquier precio, siguiendo aquello de que el fin justifica los medios. La acción política no ha sido más que un reflejo. De otra forma hubiera sido inexplicable tanta corrupción, tanta desvergüenza, tanta mentira, y tanta connivencia. Pero la situación está cambiando y los restos del pasado pudieran darse por buenos si los políticos, ante la actual presión social y judicial, hubieran rectificado y pedido perdón, o al menos disculpas. Pero partidos y sindicatos se encubren unos a otros, se manipulan los órganos, todo se tapa y se justifica con burdas interpretaciones que dejan atrás las líneas rojas que nunca deberían haberse sobrepasado. Todo se adecúa a los intereses de cada momento y se intenta convencer a los ciudadanos que, aunque haya conductas corruptas, si no hay delito no son necesarias medidas penales. Como si hubiera que esperar a las penas judiciales para corregir las conductas corruptas.
Muchos políticos siguen instalados en la misma mentalidad de antes, pero los valores de la sociedad cambian y la crisis ha acentuado el juicio social de actos que pasaban por encima. Políticos de uno u otro partido son los últimos en enterarse y siguen pensando que con jueces bien colocados, medios bien pagados, comentaristas seguidores del argumentario y un márketing político manipulado, ya está todo arreglado. Esa estrategia ya no vale. La sociedad está al límite de su capacidad de aguante. Los ciudadanos quieren ejemplaridad en los gestores públicos, incluso en detalles pequeños que se consideraban banales. Como ejemplo de esta situación, el escándalo de la corporación municipal de Santiago. Las respuestas dadas son todas inaceptables. Nuestra capital no merece tanta indignidad y el país tampoco. Es hora de mover ficha o arriesgarse a que lo hagan los ciudadanos y perder la partida. Basta con mirar dónde está el péndulo social.