El legado de Adolfo Suárez

José Luis Meilán Gil
José Luis Meilán Gil SE VA ADOLFO SUÁREZ

OPINIÓN

22 mar 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Con su enfermedad, Adolfo Suárez había ya pasado a la historia contemporánea de España, en donde será una referencia señera. Su peripecia personal coincide con la de todos los de su generación, en la que me encuentro, ligada al proceso de la transición política, una de las etapas más aleccionadoras de nuestra convivencia colectiva. Porque en procurarla de un modo pacífico, con amplitud de miras tanto por lo que se refiere a lo pasado como a lo futuro, sin exclusiones ni juicios sobre procedencias militantes o ideológicas, residió su mayor logro y sigue siendo una guía para la actuación política, como un legado a no olvidar, porque hubo generosidad, voluntad de entendimiento, sin la búsqueda prioritaria de réditos partidarios.

Sobre Adolfo Suárez se ha escrito mucho y no creo que esta sea la ocasión más adecuada para realizar un análisis de toda su vida política. Su nombramiento, a instancias del rey, que desde el primer momento se declaró serlo de todos los españoles, causó no pocas sorpresas a uno y otro lado del espectro ideológico. Parecía y, en buena medida lo era, una decisión audaz. La realidad confirmó su acierto. Hubo un cambio constituyente, un tránsito a las libertades esenciales en un sistema democrático, de un modo civilizado, sin violencias, sin forzar el Derecho. No fue fácil, pero hubo determinación, coraje. El discutible presidente puso a contribución su manera de ser, que venció reticencias iniciales y acabó consiguiendo respuestas magnánimas. Un punto de inflexión fue la ley para la reforma política, que abrió una amplia puerta a los partidos políticos, en la que introduje por primera vez en el ordenamiento español la primacía de los derechos fundamentales de la persona, recogida en nuestra Constitución del consenso.

No irrumpió en la vida pública como un líder mesiánico y omnisuficiente, dije en su investidura como doctor honoris causa por la Universidade da Coruña, cuando estaba ya retirado de la vida pública entregado al cuidado de su esposa. Quizá por ello sintió la necesidad de la comunicación directa con los ciudadanos, a través de la pantalla de televisión, en primeros planos, como una necesidad de paliar carencias y soledades.

Una persona próxima que no imponía, que pedía «entre todos, con todos, hagamos posible que a este pueblo se le devuelva la confianza de sentirse capaz de gobernarse a sí mismo». Devolver la palabra al pueblo. Ahora parece sencillo; era una novedad. Superar la dialéctica de vencedores y vencidos, una versión de las «dos Españas». A eso respondió la articulación del centro, inicial y significativamente una coalición que lideró, en la que se integró el PGI. Su éxito electoral, singularmente en Galicia, se debió a que coincidía con la demanda real de la sociedad.

Adolfo Suárez nos deja la pasión por España, la superación de radicalismos excluyentes, el rechazo de autoritarismos, el servicio leal a la democracia y sus instituciones. Me quedo en su primera etapa y el gesto del 23-F.