Sin saber muy bien por qué, y tras escuchar la clasificación que hizo Rajoy sobre la opinión pública, a la que dividió en optimistas y cenizos, me acordé de Paul Krugman. Y no porque sea un científico que me interese especialmente, sino porque, una vez convertido en puro concepto de economía política, como si encarnase a una especie concreta de economistas, me permite reunir en un solo montón a la enorme caterva de académicos, y a no pocos socialdemócratas y marxistas que, tardíamente enamorados de Bernanke y del concepto de moneda de reserva con el que nos referíamos al dólar, deben estar atravesando momentos muy difíciles.
Porque en esta vieja Europa, que el gran Aznar identificaba con la decadencia y con el contumaz rechazo al divino Bush, perviven miles de krúgmanes que, tras habernos aconsejado expandir la economía a base de imprimir billetes como si fuesen cromos, y regalárselos a los clásicos agentes del crecimiento -empresarios, banqueros, trabajadores, sindicatos, especuladores, familias, parados, consumidores y gestores de los servicios e infraestructuras públicas-, y tras decirnos que el crecimiento se hace mirando hacia delante y no hacia atrás, se ven ahora ante el grave dilema de dar su brazo a torcer, y reconocer que los economistas políticos han ganado por goleada, o entrar en el club de los cenizos e insistir en que Merkel y sus grumetes nos llevan a la ruina.
Y así se explica que muchos de estos brillantes economistas mantengan impertérritos que la salvación de Europa solo pasa por dos opciones realistas: la atractiva pareja Hollande-Tierweiler, que iba a crecer a esgalla, mantener los derechos y servicios al margen de los recortes neoliberales, proteger el empleo tradicional a toda costa, y liberar a la UE de la tiranía de los mercados; y la reeditada pareja Hollande-Royal, que, utilizando la original y progresista política de congelar las pensiones y los sueldos de los funcionarios, y de proponer un recorte global de 50.000 millones de euros en Administración y servicios, también promete mantener el Estado europeo de bienestar -porque las jaculatorias no cambian-, y liberar a la Unión Europea de la tiranía de los mercados.
Lo que proponían Krugman y sus devotos, bajo el invariable supuesto de que habiendo dólares para qué se quieren euros, era combatir la resaca con whisky, la diabetes con azúcar y el desorden financiero con monedas devaluadas. Y que, en vez de mirar hacia atrás, como hacen los nostálgicos, emprendiésemos una huida hacia adelante, con los ojos cerrados, hasta sentir bajo los pies los vacíos del abismo. Claro que él no lo proponía por tonto, sino por listo, para ver si, con ayuda de los papanatas, nos la podían colar. Pero los denostados y estúpidos políticos que nos gobiernan desde Bruselas no le hicieron ni puñetero caso. ¡Gracias a Dios!